Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

A Philip Roth

Ahora, que hasta lo denuncian a usted después de muerto porque los personajes que creó en sus novelas no eran del gusto de sus denunciantes. Ahora, que le recriminan porque en el pasaje de uno de sus libros se relató en un estrado judicial, acusado de misoginia. Ahora, que le reclaman porque su humor no era el Humor generalizado y correcto que sus reclamantes demandaban. Ahora, que lo linchan por redes sociales quienes enarbolaban las banderas de la libertad. La libertad de ellos. Ahora, que tienden un manto de sospecha sobre su vida, sus amores y desamores, sus relaciones y los motivos por los que escribía. Ahora, que escupen sus libros a sabiendas de que cada escupitajo va a promover sus ventas, y de que un porcentaje de esas ventas les quedará a los escupidores. Ahora, que se limpian sus culpas culpándolos a usted y a sus personajes de todos sus males.

Ahora, que lo acusan de haber plasmado mujeres sin alma, simples espejos de los hombres con quienes se relacionaban. Ahora, que quisieran enjuiciar a sus personajes. Ahora, que ponen en entredicho su visión de la vida, de la sociedad, de las razones que mueven a la humanidad y de la comodidad de gran parte de esa humanidad. Ahora, que quieren borrar por siempre y para todos los siglos que escribió en El lamento de Portnoy: “¿Es amor lo que une a todas esas parejas que conocemos, las que se toman la molestia de unirse? ¿No será más bien la debilidad? ¿No serán más bien la comodidad y la apatía y la culpa? ¿No serán más bien el agotamiento y la inercia, la pura y simple falta de redaños, muchísimo más que ese “amor” que no se les cae de la boca a los consejeros matrimoniales y a los compositores de canciones, y que es el sueño de los psicoterapeutas?”.

Ahora, que no soportan que usted haya dejado su legado, y menos, que ese legado perdure y sea tomado por tantos como verdad. Ahora, que lo condenan sin juicio y lo tildan de misógino, y contaminan su vida para quitarles credibilidad a sus palabras. Ahora, que repito algunas de sus frases, como que “La verdad no se revela de golpe, aunque el mundo esté lleno de gente que va por ahí creyendo saberlo todo de ti o de tu vecino (…). La verdad es interminable”. Ahora, precisamente ahora, empiezo a comprender que usted ha comenzado a ser realmente inmortal, y que serán sus personajes y sus enemigos quienes más vida le darán.

 

 

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