Por: Columnista invitado

Pilos con pilos, ricos con ricos

Danilo Suárez*

Hace poco, en una entrevista hecha a la profesora de Los Andes, María José Álvarez Rivadulla, se aseguraba que el programa ‘Ser Pilo Paga’ está rompiendo prejuicios y que unos están viendo como iguales a los otros, refiriéndose a los beneficiarios del programa y a los demás estudiantes. Algo que resulta bien difícil de creer, partiendo de las experiencias de los “pilos”. Es cierto que las relaciones entre beneficiarios y no beneficiarios se dan en buenos términos, en la gran mayoría de los casos.  Esto ha llevado a que prejuicios creados por la sociedad estén cambiando; los “ricos” no son los discriminadores que se creía. O al menos, no todos. En efecto, existe un sentimiento de sorpresa cuando unos y otros se encuentran y en un primer momento se dan cuenta de que toda esa fama negativa sobre el otro no es tan cierta. Sin embargo, llegar a decir que dichos prejuicios han sido rotos por completo y que los estudiantes se están aceptando como iguales, es caer en una generalización que resulta no tan cierta.

En una investigación que llevé a cabo desde el Instituto Internacional de Estudios Sociales de la Universidad Erasmus de Rotterdam, a partir de entrevistas realizadas a estudiantes beneficiarios en una universidad de elite en Bogotá, se concluyó que muchos de estos estudiantes difícilmente entablan amistades con otros que no son parte del programa. Muchos de ellos afirman que sus interacciones son producto mismo de las dinámicas de las clases y solo llegan al punto de la normal cordialidad que se da para trabajar en grupo. Superar la barrera de las diferencias sociales y verse como iguales, es otro cuento.

La gran mayoría mencionó que ven grandes diferencias entre sus propios modos de pensar y los de los demás. Sus problemas son distintos, sus objetivos son totalmente diferentes, sus realidades están totalmente apartadas; mientras unos se preocupan por la boleta para el concierto de moda, otros hacen lo mismo por el pasaje de Transmilenio. En consecuencia, y como lo indican los mismos estudiantes, es difícil entablar una conversación entre ellos.

Debo decir que, ciertamente, hay otros casos en los que el número se invierte y los beneficiarios tienen más amigos que no son parte de este programa. En ellos encuentran apoyo y comprensión. Son pocos estos casos, pero existen y no por eso se desestiman. Sin embargo, por medio de estos casos también se descubrieron otros aspectos que llevan a algunos de estos estudiantes a tomar la decisión de integrarse con aquellos que no son del programa. Es aquí cuando se evidencian las consecuencias de los increíbles niveles de inequidad social que existen en el país. La normalización de esta desigualdad y el valor que se le da a los prejuicios sociales, llegan hasta el punto en el que hay quien decide apartarse de sus compañeros beneficiarios, pues ve en ellos pocas ventajas y en los otros la oportunidad de desprenderse de esa realidad en la que ha vivido. En otras palabras, unos son mejores que los otros por el solo hecho de ser parte de una clase social diferente.

Estos aspectos crean a su vez otras dinámicas dentro de las universidades de elite. Involuntariamente se empiezan a asignar espacios entre los estudiantes para establecer diferencias entre unos y otros. Espacios donde si unos están, los otros no, por motivos ya sea económicos o sociales. Llegar a un sitio que está pensado para cierto tipo de personas con determinados gustos y nivel adquisitivo, no es del todo fácil para aquel que no tiene esas mismas características. Es así como esa estructura hace que unos se aparten de los otros, sin que sea una acción necesariamente consiente. Por su parte, el programa mismo y la forma en la que fue planeado desestima esta situación, ya que principalmente se enfoca en dar un alivio económico limitado, con grandes sesgos hacia lo privado.

Pero, ¿a qué se debe esto? La respuesta nos involucra tanto a usted que está leyendo, como a mí. Involucra a la persona que vigila la cuadra, a la que esté de presidente de turno. Nos involucra a todos. Esta situación responde al histórico desarrollo de nuestra sociedad que está llena de preceptos y prejuicios creados y aceptados por nosotros mismos. El creer y normalizar que el de al lado es mejor porque tiene más que yo, crea estos espacios para que se den exclusiones no deliberadas. Y es a partir de esto que los gobiernos deberían crear programas que contemplaran estas dinámicas y ayudaran a solucionar estas diferencias. Sin embargo, la realidad es otra y la solución es simplemente crear e implementar programas que se limitan a mostrar cifras que se desvanecen con el tiempo y que no atienden aspectos sociales de fondo.

*MA en Estudios de Desarrollo – Política Social. Universidad Erasmus de Roterdam.

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