Por: Mauricio García Villegas

Poder y sexo

FERNANDO LUGO, PRESIDENTE DE Paraguay, reconoció hace un par de semanas la paternidad de un hijo que concibió cuando era obispo.

No voy a poner el grito en el cielo por un jerarca de la Iglesia que aparece con un hijo. No es su condición de religioso lo que me alarma sino su posición de poder. (Que un cura se acueste con una mujer, vaya y venga, pero que se acueste con la mujer que se confiesa con él, eso ya es otra cosa). Mejor dicho, lo que me parece un escándalo es esa facilidad con la cual, en América Latina, el poder conduce al sexo.

Aunque no sé si se pueda llamar escándalo a algo que ocurre desde la Colonia, cuando los españoles llegaron a estas tierras, sin sus mujeres e impúdicamente se amancebaron con las indias. Desde que Hernán Cortés adoptó a la nativa Malinche como su amante, el machismo en América Latina se junta y se refuerza con la dominación de clase. Durante la Colonia se toleraba el adulterio del español con la mulata o con la india, pero no con la blanca. Sólo este segundo era un delito, el primero era un pecado, cuando no una travesura saludable para el matrimonio.

Todavía en el siglo XVII el porcentaje de hijos “bastardos” en las colonias españolas —como lo muestra Mauricio Rubio en su Economía jurídica— oscilaba entre el 40 y 45 por ciento, mientras que en Europa no pasaba del 5 por ciento. Estas diferencias se explican por la manera como se enfrentaba el problema. Mientras en Hispanoamérica el adulterio era visto como un pecado, como una falta moral, regida por la Iglesia, en el norte de Europa era visto como una falta social. Si en las colonias españolas el problema del adulterio era enfrentado desde los púlpitos, en Inglaterra lo era desde los juzgados.

La prédica de los curas era más bien inocua frente al adulterio y eso no sólo porque la sanción de la que disponían —el arrepentimiento— era poco eficaz, sino porque ellos mismos no estaban dispuestos a malograr ese privilegio que tenían de ser los únicos que podían hablar abiertamente de sexo. Por los confesionarios transcurría todo el erotismo lascivo que estaba prohibido para el resto de la sociedad.

Es cierto que la costumbre de amancebarse con las indias perdió cierta legitimidad a partir del siglo XVIII. Pero ese aumento del reproche social no ha sido lo suficientemente fuerte como para impedir que el adulterio, el amancebamiento y la violencia sexual contra la mujer humilde, sigan gozando de cierta tolerancia social, incluso entre las mujeres sometidas. El hecho de que en Colombia, por ejemplo, la cuarta parte de los niños que nacen no sean deseados, ni registrados, es un indicio de esa tolerancia.

En América Latina desestimamos las dificultades sociales y políticas que se originan en una sociedad que tiene una buena parte de la población criada sin la presencia del padre. La irresponsabilidad del padre es, para el hijo, una lección imborrable, literalmente aprendida en carne propia, de lo poco que vale el respeto por los demás. Esto es aún más grave cuando se trata de un padre con poder, como es el caso de Fernando Lugo, o de tantos otros. Así como los mestizos nacidos de madres humildes y padres poderosos, siguen los impulsos de la sangre más favorecida que corre por sus venas, el hijo de un padre irresponsable y poderoso sueña con ser poderoso, como su padre, así tenga que ser irresponsable.

* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de DeJuSticia

 

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