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Poe, cuentista latinoamericano (II)

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Juan Gabriel Vásquez
13 de marzo de 2009 - 01:58 a. m.
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HORACIO QUIROGA Y EDGAR A- llan Poe. Su relación va mucho más allá de lo literario, y no soy yo el primero en sugerir que la admiración de Quiroga por su maestro pasaba, entre otras cosas, por ciertas afinidades involuntarias y vitales, cierta noción de pertenecer a la misma familia humana: la gran familia de los hombres desgraciados.

Quiroga tuvo que sentir que ese norteamericano remoto (cuyas ficciones truculentas parecían contener tanta experiencia) podía entenderlo mejor que nadie; tuvo que sentir que en sus ficciones Poe había sido capaz de darle forma y dignidad estética a una vida desastrada, y que tal vez en esas ficciones estaba la manera de buscarle un sentido a los desastres de su propia vida.

Basta echar una mirada a las biografías. Poe tenía alrededor de un año cuando su padre, un tal David, los abandona a él y a su madre; Quiroga tenía tres meses cuando su padre, que acababa de regresar de una cacería y estaba limpiando su rifle, se disparó un tiro por accidente y murió en el acto. Poe se pasó la vida enfrentado a su padrastro, el hombre que le dio el apellido Allan y que nunca entendió ni sus inclinaciones literarias ni su cariño por ciertas sustancias. La relación de Quiroga con su padrastro no anduvo mejor: el hombre se suicidó en 1896, cuando Quiroga rondaba los dieciocho años. La vida de Poe estuvo signada por la autodestrucción: el juego, el alcoholismo, la opiomanía, todo lo que él llamó “El demonio de lo perverso”. La vida de Quiroga usó otros medios para llegar al mismo final: mató accidentalmente a su mejor amigo, fue testigo del suicidio de su esposa y acabó suicidándose él mismo.

Lo que quiero decir es que, igual que sería un error de aficionados —y una muestra de pésimo gusto literario— lanzarse a sacar conjeturas autobiográficas, sería también una tontería no darse cuenta de que las ficciones de ambos les sirvieron de exorcismo: exorcismo de sus fantasmas, de sus tormentos, de sus pequeñas y grandes desgracias. ¿No es aquel título de Quiroga, Cuentos de amor, de locura y de muerte, una especie de sinopsis de la obra completa de Poe? ¿Es posible leer el desenlace de El solitario, donde Kassim termina por matar a su mujer hundiéndole un alfiler en el corazón, sin pensar en la legión de mujeres asesinadas de Poe, comenzando por la emparedada de El gato negro? “Si se debiera juzgar el valor de los sentimientos por su intensidad, ninguno tan rico como el miedo”, dice el narrador de El galpón, uno de los cuentos más citados de Quiroga. Poe hubiera firmado esa opinión.

En el miedo se encuentran. El miedo es lo que Quiroga comparte con Poe: su efecto predilecto, el terreno de varios de sus grandes logros. Cuando pienso en Quiroga, no suelo pensar en El muerto, el más célebre de sus cuentos. Pienso en El almohadón de plumas, donde una criatura misteriosa le va chupando la sangre a una enferma mientras ella duerme; o pienso en La gallina degollada, cuyo final truculento se le oculta al lector detrás de una puerta, igual que tantas veces Poe nos oculta los momentos más violentos de sus violentas historias. Y entonces pienso que tal vez Quiroga no haya sido el primer latinoamericano en leer a Poe, pero sí fue el primero en leerlo con provecho. Abrió esa puerta, y por ella pasaron muchos otros después.

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