Polarización

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Una nación, dice el diccionario, es una comunidad estable de individuos que comparten una lengua, un territorio, un pasado común y la conciencia de ser parte de un mismo grupo y de una misma cultura. Pero esta semana, después de ver los avances de la Convención Republicana en los Estados Unidos y de observar cómo se caldean los viejos odios políticos en Colombia, me pregunto si todavía existen las naciones, o si más que eso lo que tenemos son partidos políticos que funcionan como naciones, con su cultura propia, sus territorios virtuales, su conciencia de grupo y su idea de que los otros son enemigos, no compatriotas que piensan distinto.

En Colombia sabemos muy bien que la polarización es una incubadora de la violencia, incluso de la guerra civil, y por eso es muy importante que entendamos en qué consiste, a qué obedece y cómo funciona. Tal vez eso nos ayude a prevenirla.

La polarización es sobre todo el fruto de la imaginación política. Los hechos cuentan, claro, siempre hay engaños, mentiras, corrupción, asesinatos, pero son las representaciones de esos hechos, no los hechos mismos, agrandadas por los odios, las que hacen mover la espiral del enfrentamiento. La polarización también es producto de los grupos o, más precisamente, de las emociones grupales. Cass Sunstein, en un libro sobre este tema (Going to Extremes), dice que cuando las personas actúan grupalmente terminan haciendo cosas que nunca harían si estuviesen solas. Muchos estudios muestran eso: cuando individuos que piensan parecido solo se relacionan entre ellos, terminan radicalizando sus posiciones. ¿Qué hay en la interacción grupal que incita a la radicalización? Muchas cosas, pero solo hablaré de cuatro.

La primera es el carácter limitado de la información que comparten los grupos. Los militantes terminan sabiendo mucho de sus enemigos, pero ese mucho suele ser muy poco o muy sesgado, en relación con la totalidad de los hechos que habría que conocer para tener una opinión objetiva. Como dice Neil deGrasse Tyson, son personas que saben poco, pero saben lo suficiente para creer que saben mucho y no saben lo suficiente para darse cuenta de que están equivocadas. La falta de información completa o de información objetiva es el alimento del fanatismo; un fanático hace lo contrario de lo que hace un científico, o simplemente una persona razonable: en lugar de sintonizar su mente con los cambios del mundo, sintoniza los cambios del mundo con su mente. El dogmático es un conformista, alguien que sólo busca información para confirmar lo que ya piensa.

Lo segundo es que cada miembro del grupo hace lo posible por ser percibido de manera favorable por el resto de sus compañeros, es decir, por defender su reputación de miembro fiel, luchador y confiable de la causa colectiva que todos defienden. En los grupos se desaconseja la actitud del crítico, del que matiza las cosas, del que duda. Esas actitudes son vistas como debilidad, falta de compromiso o, incluso, como un indicio de traición. Ser políticamente correcto frente a los demás del grupo y frente a sus líderes es una regla de oro de la militancia que también contribuye a la polarización.

Dije que iba a hablar de cuatro elementos grupales que contribuyen a la polarización y solo hablé de dos. La semana entrante seguiré con los otros. Por ahora quiero terminar diciendo que la polarización no es necesariamente mala. De hecho, la democracia implica un cierto grado de polarización. Lo malo es cuando el enfrentamiento implica que los contrincantes, como decía don Miguel de Unamuno, no se vean entre ellos como compatriotas que piensan distinto, sino como anticompatriotas; como el ejército camuflado de un país enemigo que nos invadió.

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