Polarización (II)

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Mi columna de la semana pasada se quedó a mitad de camino. Decía que para entender los secretos de la polarización política hay que buscar en los grupos. Las personas terminan haciendo colectivamente cosas que individualmente nunca harían. Un individuo apacible puede convertirse en un fanático iracundo, o un incrédulo, en un dogmático. ¿Cómo ocurre eso? Dije que había al menos cuatro razones. La primera es que los grupos disponen de una información que suele ser limitada y sesgada. A falta de pluralismo interno y de confrontación, las personas terminan creyendo que lo que saben es todo lo necesario y suficiente para entender el mundo. Como decía Stephen Hawking, “el gran enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento”. La segunda es la reputación: cada miembro intenta que los demás lo perciban como un integrante fiel y comprometido con el grupo y por eso hace todo lo posible por obrar en consecuencia e incluso por parecer, como se dice, más papista que el papa, incluso más fiel de lo que en realidad es (hasta aquí llegué).

La tercera, muy ligada a la anterior, es el conformismo. Cuando las personas actúan grupalmente pueden terminar aceptando cosas absurdas, cosas incluso en las que ellos mismos no creen. Hay un experimento famoso de Solomon Asch en el que se les pide a cinco personas que digan cuál de las tres líneas dibujadas en un papel es la más corta. Cuatro son actores y responden de manera errónea. El quinto personaje, que es un jugador real, forzado por la opinión de los otros, traiciona sus ojos y se suma a la mayoría. Solo el 30 % dice lo que ve. Tratándose de conocedores, la cosa puede ser incluso peor: cuando alguien que gusta del vino, sin ser un experto, es invitado a una prueba en donde hay cinco catadores, todos actores ocultos, que escogen el peor de los vinos, hay una gran posibilidad de que el invitado, único jugador real, diga lo mismo: que el peor es el mejor. En 1996 Alan Sokal hizo publicar un artículo en Social Text, una revista importante que cuenta con revisión de pares académicos y todas las garantías de calidad intelectual. El texto solo decía disparates (así lo había concebido Sokal), pero estaba lleno de referencias a grandes autores posmodernos y por eso, solo por eso, fue aceptado y publicado. Pero quizá no se necesitan experimentos para saber todo esto. Basta con la sabiduría popular que inspira el famoso cuento de Andersen, “El traje nuevo del emperador”.

La última razón es que los grupos suelen excluir a los moderados. A medida que crece la polarización, los integrantes del grupo que tienen dudas, que poseen información distinta o que se incomodan con el escalamiento emocional abandonan el grupo, con lo cual se pierde la disidencia y aumenta la radicalización. A veces los moderados se van cuando son acusados de falta de compromiso. Los radicales, en cambio, no solo se quedan, sino que se convierten en líderes del grupo. El secreto de su éxito está en algo que se llama “ventaja retórica” y que los periodistas conocen bien: mientras más contundente e intransigente es una intervención, más visible es y más impacto tiene.

Hay antídotos contra la polarización. Algunos son internos al grupo y entre ellos está la búsqueda de un cierto pluralismo y la apertura mental de los líderes políticos al cambio. Pero los más importantes son los externos o intergrupales, entre los cuales está un sistema democrático fuerte, que fomente la deliberación pública y razonada, y una cultura institucional de respeto a las reglas jurídicas que permita el trámite pacífico y consensuado de los conflictos.

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