Por: Uriel Ortiz Soto
Comunidad y desarrollo

Política y corrupción

Una nueva frustración para los colombianos se debate en los actuales momentos en el Congreso de la República por cuenta de la reforma política, que terminará siendo mutilada y finalmente aprobada, convertida en el zoológico de micos y orangutanes que se seguirán tomando el palacio de las leyes para gloria de nuestra maltrecha democracia. 

Definitivamente, estas dos instituciones para la vida democrática y administrativa de nuestro país —con algunas excepciones— van cogidas de la mano, separarlas sería lo ideal, pero mediante una reforma política seria y eficiente, construida por el constituyente primario y votada por el mismo. Quedará una vez más demostrado que el Congreso de la República no es eficiente ni moral ni políticamente hábil para convertirla en ley de la República.

Es urgente hacerla mediante referendo, puesto que se trata de la reforma política donde están comprometidos varios apartes del Acuerdo de Paz, firmado entre el Gobierno y las Farc; al paso que vamos, no va a estar lista para las elecciones del 2018.

Caso contrario continuaremos asistiendo a las urnas, más por complacencia con la corrupción y las componendas políticas que por los senderos de la democracia; los partidos deben ser los garantes del ciudadano en las urnas, mas no prestarse para venta de avales o componendas politiqueras que a nada conducen. 

Empezó la última legislatura del presente cuatrienio y los honorables padres de la patria continúan tomándonos del pelo con la reforma política. Son varios los intentos que se han hecho, pero siempre dejan las puertas abiertas, por donde se filtran los vicios de la corrupción electoral.

La nueva reforma terminará como siempre: en un chorro de babas, y con disculpas bobaliconas de quienes son sus promotores y ponentes, que lo hacen más por protagonismo que por buenas intenciones. 

Los partidos políticos en Colombia no han pasado de ser un sofisma de distracción para llevar a las urnas a grupos de incautos que como borregos son conducidos mediante promesas y espejismos, que finalmente se pierden en las vanas ilusiones.

A menos de ocho meses de los nuevos comicios electorales —con algunas excepciones—, los actuales dirigentes políticos no van a tener tiempo sino para defenderse de Odebrecht, Reficar, Interbolsa y otras semillas de corrupción que germinan sin ningún fertilizante en el Capitolio nacional, “templo de nuestra democracia”.

Es tema vergonzoso y de nunca acabar, pero como somos tan ingenuos continuamos creyéndoles las momentáneas buenas intenciones mientras pasa la nueva contienda electoral, que, como siempre, vendrán demandas a granel contra funcionarios de elección popular y legisladores. 

No nos hemos dado cuenta de que los partidos políticos, tal cual se encuentran estructurados, son proclives a todo tipo de marrullas e indelicadezas, que sin ninguna dificultad son el filtro por donde pasan los nichos de la corrupción, convirtiéndolos en democracia representativa, llevando cientos de delincuentes a gobernaciones, alcaldías y corporaciones legislativas.

Basta con mirar la cantidad de procesos que se encuentran en curso contra funcionarios y legisladores que se hicieron elegir a sabiendas de que se encontraban inhabilitados, pero que, también gracias a la morosidad de la justicia, los actores terminarán sus períodos muertos de la risa, puesto que finalmente nada va a ocurrir.  

Siempre hemos sostenido a través de estas columnas que la principal causa de la corrupción en Colombia está originada en la falta de unos partidos políticos serios y eficientes, que tengan definiciones concretas para aportar soluciones a los más álgidos problemas del país y de sus seguidores. 

Lamentablemente, cada que se habla de este tema se prende nuevamente el ventilador y los señores legisladores empiezan a hablar el mismo discurso de siempre, pero cuando baja la marea se pierden en ella, deslizándose cobardemente por las prácticas de las buenas intenciones que finalmente a nada conducen y todo queda nuevamente en veremos.

Tenemos que aceptar que los partidos políticos, tal cual se encuentran estructurados, no pasan de ser los escenarios sobre los cuales cabalgan los nichos de la corrupción, basta con mirar el panorama tan desolador en nuestro país, no pasa semana sin que se destape una nueva olla podrida, infortunadamente, con la convocatoria del clarín que pita desde las altas esferas del poder político y administrativo.

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