Por: Columnista invitado EE

Por la puerta de entrada

Por María del Rosario Acosta López*

Sin mujeres no hay filosofía. Esa es la frase que resume el sentimiento de indignación que motivó la publicación el 29 de septiembre de una denuncia de discriminación de género en el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional. En menos de dos días, la denuncia había recogido 2.500 firmas y ganado el apoyo de reconocidos miembros de la comunidad académica nacional e internacional. Las autoras: un grupo de mujeres filósofas colombianas, algunas egresadas del pregrado o posgrados de la misma institución, y todas miembros de la Red Colombiana de Mujeres Filósofas. El contexto: los resultados del más reciente concurso docente organizado por la Universidad Nacional, en el que el Departamento de Filosofía, conformado por 17 profesores de planta hombres y una sola profesora, anuncia a un hombre como ganador del concurso.

Lo que se pretende denunciar no es que no hayan contratado a una mujer, sino la falta de voluntad de los profesores del Departamento de Filosofía de reconocer la inequidad de género como un problema estructural. Ésta no solo se hace visible en la composición de su cuerpo profesoral, sino en el diseño de sus currículos, en las dinámicas en los salones de clase y en una serie de prácticas cotidianas de discriminación que quienes hemos pasado por allí como estudiantes hemos señalado en numerosas ocasiones sin que haya habido una preocupación real de escucha. Los resultados del concurso son así solo un síntoma del problema real: que en una institución pública, comprometida con la equidad de género, donde la proporción de profesores y profesoras de planta es de 68,47 % y 31,53 % respectivamente, el Departamento de Filosofía no ha considerado un asunto de preocupación o de reflexión académica el que el 94,5 % de su planta sean hombres.

Yo me pregunto si alguno de mis profesores en algún momento se cuestionó el impacto que tendría en mi formación como filósofa el no poder asociar a la filosofía con una voz femenina. No tomé una sola clase con una mujer en toda mi carrera, leí a una sola mujer para un solo seminario en todo mi doctorado. Mis pocas colegas mujeres y yo tuvimos que aprender a traducir nuestra voz, nuestra conducta, nuestro modo de pensar y comunicar ideas, a un tono y una gestualidad masculinos para no ser ignoradas, puestas en duda, miradas con condescendencia o, incluso, en muchas ocasiones, ridiculizadas. Nada de esto es cuestión de mala suerte. El fenómeno se repite a lo largo de todos los departamentos de Filosofía en el país, en los que, a pesar de que las estudiantes suelen componer la mitad o más de la población, el porcentaje de profesoras es en promedio del 20 %. Existe en efecto, históricamente, una discriminación hacia las mujeres filósofas. Pero el que uno de los programas con más tradición en la disciplina en Colombia no solo continúe reproduciéndola, sino que no haya buscado estrategias contundentes para combatirla, no es solo preocupante sino inexcusable.

Ninguna de nosotras olvida el privilegio que implica el haber accedido a la filosofía, una disciplina que nos ha dado la capacidad crítica para hacer visibles, cuestionar y subvertir las violencias estructurales que se hacen más poderosas mientras más se las niegue. Pero el mérito de ser filósofas, y de haber sobrevivido a una carrera diseñada solo para hombres, es nuestro. Y lo que esperamos y exigimos es que a las que vienen no les toque encontrar por dónde colarse, sino que la filosofía las reciba por la puerta de entrada.

* Filósofa, profesora en DePaul University, Chicago.

 

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