Por qué la paz del Frente Nacional se deshizo en el aire

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En 1956 un abrazo entre Laureano Gómez, el jefe del Partido Conservador, y Alberto Lleras, el jefe del Partido Liberal, marcó el comienzo del fin del periodo que se llamó la Violencia. El pacto del Frente Nacional, que alternaba en el poder a los dos contendientes, dio inicio a una breve primavera de paz, a los mejores años del siglo XX en Colombia.

Había un clima de esperanza, las ciudades florecían; millones de campesinos expulsados a las ciudades esperaban que un proyecto industrial abriera perspectivas de empleo y de prosperidad, que un ejercicio político de inclusión permitiera superar no solo el fardo cruel de la violencia y el desplazamiento, sino los males de la marginalidad, del racismo, de la injusta distribución de la riqueza; que le diera ingreso a Colombia en la modernidad democrática.

Había estabilidad institucional, gobiernos austeros, una influencia vigorosa de la radio, de los medios impresos y de la televisión en la vida cotidiana, una renaciente seguridad en los campos y confianza ciudadana. La juventud se sintió motivada a la acción, florecieron las artes, fue una época de gran creatividad musical, de crecimiento escolar, de ampliación de la frontera agrícola.

Ahora nos preguntamos por qué esa paz no se consolidó. Tal vez una de las causas haya sido que no hubo un ejercicio que permitiera aclarar las injurias y los crímenes que la población campesina había padecido. Fue una paz sin memoria, sin verdad, sin reparación y sin justicia. Mucha gente siguió sin saber qué fue de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos, quiénes fueron no solo los ejecutores sino los financiadores de ese horror y los que se beneficiaron del gigantesco despojo.

A falta de eso lo que hubo más bien fue una persecución implacable de los últimos bandidos, una cacería de monstruos que le permitió al régimen recién fundado dar muestras de ferocidad y de impiedad, como si se creyera que ese castigo sobre seres envilecidos por una violencia que tantos habían alentado podía ser una lección final para todos. Como siempre, se escogía a unos culpables y se descargaba en ellos toda la responsabilidad.

Pero un mero ejercicio de memoria y de verdad histórica, siendo tan necesario, no habría sido suficiente. Lo que más se necesitaba era un verdadero acto de reparación, y esa reparación no podía limitarse a sanciones penales, o a un plan compensatorio de indemnizaciones personales y familiares. La principal causa de que la paz no se consolidara es que fue una paz sin cambios profundos.

La violencia había sido una tragedia colectiva, las grandes responsabilidades no eran individuales, las causas tenían que ver con nuestro agobiante pasado colonial, con la herencia de las castas, de los racismos, de los clasismos, con un modelo de desarrollo ciego a las necesidades del territorio: la falta de un hondo esfuerzo de conocimiento, de un generoso ejercicio de dignificación ciudadana, de una apasionada y colectiva recuperación de la memoria.

Esos bandidos habían sido capaces de toda atrocidad porque eran a su vez hijos de la injusticia, del racismo, de la exclusión, de la falta de educación. No tuvieron piedad con nadie porque nadie había tenido piedad con ellos. Bastaba retroceder unos años en la vida de los monstruos para encontrar a unos niños espantados. Era necesario emprender algo muy amplio, muy profundo y muy generoso, para impedir lo que finalmente ocurrió: que los hijos de esa violencia fueran otra vez instrumentos de un mal antiguo y se convirtieran en los protagonistas de la violencia siguiente.

No eran suficientes unos institutos descentralizados, unas cuantas fábricas o el estímulo a unos procesos de desarrollo agrícola: se necesitaba construir por fin un proyecto de nación en el que las mayorías no fueran convidados de piedra sujetos a la magnanimidad estatal, a la beneficencia empresarial o a la caridad pública. Hacían falta cambios históricos, grandeza en los proyectos, un ejercicio hondo de dignidad, de respeto y de confianza en la comunidad.

Era urgente detener en el seno de las familias, en los pueblos, en los barrios unas inadvertidas fábricas de horror. Ese que nacía del desprecio a los hijos naturales, del menosprecio urbano por el campo, de las repulsiones sutiles del racismo, de la idea de que hay gentes de buena familia, de la esclavitud disfrazada, de la educación autoritaria, de la ley que era solo para los de ruana, de la incapacidad para reconocerse en un territorio, de afirmarse en un mundo, de enorgullecerse de unas costumbres.

Aún más urgente que la verdad y la justicia era la necesidad de transformaciones profundas, para sentir la evidencia de un tiempo nuevo, pero ninguna de esas cosas se produjo. Sobre la promesa cada vez más difusa de cambios históricos volvieron a pesar los viejos hábitos nacionales que habían marcado al país desde los tiempos de Bolívar y Santander, de los conflictos entre liberalismo y clericalismo, entre proteccionismo y libre cambio, entre centralismo y federalismo.

Algo nos atrapaba en la discordia, porque nada se resolvía a través del debate democrático, sino de un hábito de intimidaciones clericales y de soluciones militares. Aquí la tiranía de la Iglesia y la herencia del militarismo convirtieron siempre el debate público en una lucha entre el oro y la escoria, entre buenos y malos: toda posición alternativa era satanizada bajo el dogma de que hay una verdad fuera de la cual no hay salvación. Desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX las guerras civiles abiertas o camufladas nos impusieron esa versión binaria de la realidad en la que el otro aparecía siempre como el malo absoluto, aunque cuando les convenía acababa convirtiéndose en el cómplice absoluto.

Desafortunadamente el Frente Nacional muy pronto mostró su carácter señorial, su voluntad de perpetuar esos hábitos de exclusión: el gobierno de las familias ilustres, las redes de compadrazgo, el tráfico de influencias, el creciente fortalecimiento de una maquinaria burocrática hecha para frenar todo cambio y paralizar toda iniciativa. Se pedía que el ciudadano respetara al Estado, pero el Estado no aprendió a respetar al ciudadano. El régimen electoral fue manipulado precisamente por la tenaza de los dos partidos que habían hecho la violencia y ahora se beneficiaban de la paridad en el manejo del Estado, sin permitir acceso a ningún sector nuevo, sin atender a los reclamos de los campesinos marginados ni de las provincias postergadas.

Así, un acuerdo sin reformas profundas, que nos había llenado de esperanzas, muy pronto volvió a ser asfixiante para una comunidad que esperaba el viento fresco de la modernidad, el oxígeno de la democracia. Y la breve paz del Frente Nacional se deshizo en el aire.

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