Por: Ramiro Bejarano Guzmán

¿Por qué no se calman?

Mientras la lambonería y el oportunismo nacionales compiten para ganar el primer puesto de solidaridad con el presidente Uribe en su inútil guerra con Chávez, cualquiera creería que en la Casa de Nariño andan concibiendo estrategias que desinflen los espíritus inflamados. Pero no, la lógica presidencial funciona de una manera extraña.

Esta semana supimos que en la casa de gobierno se congregaron las fuerzas parlamentarias de la coalición, no por voluntad propia sino para atender una improvisada invitación del secretario general, Bernardo Moreno, en la que Uribe reclamó el apoyo de sus aliados. Nos equivocamos al creer que de esa solemne reunión, saldrían mensajes serenos que apagaran el incendio que crece por cuenta de los inaceptables improperios del mandatario venezolano.

El Tiempo informó que en ese encuentro del Ejecutivo con sus amigos congresistas, la senadora Gina Parody dijo que Chávez se parecía a Hitler, ante lo cual el presidente Uribe sentenció: “Pero dígalo en el debate”. Se refería al que tendría lugar unas horas después en el Senado con la presencia de la valiente Piedad Córdoba.

Aunque la noticia no registró detalles de por qué la senadora Parody afirma que Hitler se le parece sólo a Chávez, Uribe en vez de recomendar prudencia a sus alfiles en el Parlamento, los alienta a echar más gasolina al fuego. Ignoro si la obediente senadora dijo o no en el Congreso lo que Uribe mandó decir contra Chávez, pero así no lo haya dicho, es muy inquietante que esa información tan provocadora, no haya merecido siquiera una aclaración suya ni tampoco de la Casa de Nariño.

¿Cómo cree el presidente Uribe que podrá solucionarse esta grave situación —en la que entre otras cosas él solito se metió para atemperar la crisis desatada por la masacre de los diputados vallecaucanos—, si tampoco desperdicia ocasión para multiplicar los canales de enfrentamiento?

El Presidente está rodeado de todo el mundo, pero paradójicamente está inmensamente solo. No tiene una voz aquilatada que lo haga reflexionar sobre la necesidad de que las disputas no se arreglan con más agresiones.

Uribe está sólo porque así lo quiere, su estilo de gobernar no tolera voces discrepantes y ni siquiera alguien que lo aconseje. A su lado está un oscuro Canciller, que ha mostrado su incompetencia pero también su intransigencia, vetando a La W por destaparle su abuso en la Embajada en Washington a través de su hijo.  

Como si eso no fuese suficiente, en la capital americana está de cónsul un chismoso de menor cuantía, que lleva y trae datos tergiversados sobre el encuentro de Piedad Córdoba con Simón Trinidad, para no mencionar al anodino embajador en Venezuela, otro de la lista de amigotes premiados con cargos diplomáticos sin merecerlo. Así no sólo no se puede gobernar, sino ni siquiera vivir.

Ahora lo único que nos falta es que los enceguecidos uribistas, incapaces de reconocer que Uribe también tiene culpa en lo que está pasando, exijan que por el bien de la patria nadie critique al mesías. ¡No están ni tibios!

Una cosa es que no estemos de acuerdo con los insultos de Chávez contra Uribe, y otra bien diferente es que hayamos olvidado cómo fue que empezó todo este enredo y por culpa de quién concluyó abruptamente.

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Adenda.- Al ver las humillantes y dolorosas pruebas de supervivencia de varios secuestrados, que nos mostraron la impresionante imagen de una Íngrid Betancourt demacrada y derrumbada, además la tristeza e impotencia de sus compañeros de infortunio, el Gobierno y las Farc sólo tienen un camino a transitar: Acuerdo Humanitario. No hacerlo, es acabar de matarlos en vida. Presidente Uribe, escuche las voces del dolor de los secuestrados y la indignación de la sociedad entera.

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