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¿Por qué quieren cerrar la ventana política?

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Juan Manuel Ospina
14 de agosto de 2013 - 09:55 p. m.
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Nos ahoga la cerrazón política y ahora quieren cerrar hasta las ventanas, cuando en La Habana podría estar formándose una tormenta tropical que nos exigirá lo contrario: abrir espacios, airear la casa, reorganizar la colocación de los muebles, vender unos viejos y adquirir nuevos para los tiempos que se avecinan.

Pero no, lo que más se oye de todos lados es un cierren, cierren y que nada se mueva. Mal augurio para lo que viene, pues así  arriesgamos a que la tormenta anunciada se transforme en huracán devastador, en un Katrina político.

Pienso esto mientras veo como en otros países de la región, Chile y Argentina en especial sumidos  en dinámicos procesos electorales, en vez de pretender entorpecer los  procesos y reclamos ciudadanos con la vana pretensión de acomodarlos  en las hormas partidistas existentes. Abren  espacios y opciones para los actores y las organizaciones políticas no vayan a remolque de los hechos y de los reclamos ciudadanos y los  puedan representar y encausar esa  protesta ( o propuesta) ciudadana.

Nada de insultos, de golpes  bajos, de ofensas personales, sino debates de ideas y  de propuestas con la mira no de  polarizar sino  concertar, para acordar y decidir en democracia con interés de país sin amarres con  vulgares y pequeños intereses, vanidosos y profundamente egoístas. Ver los  debates en el Cono Sur produce envidia de la buena y rabia al compararlos con nuestra infinita pobreza conceptual y carencia de siquiera un asomo de sentido de patria y de responsabilidad como dirigentes. 

En Colombia  hay quienes – liberales, conservadores y hasta polistas - quieren literalmente  congelar el mapa político. Uno de los objetivos de los constituyentes del 91 era romper la camisa de fuerza del bipartidismo, para permitir la expresión política de   la pluralidad  de opiniones nacidas de una sociedad diversa y en transición a la modernidad, como es la colombiana. No ha sido un proceso fácil, pues desde los mismos partidos tradicionales se inició una “feria de  avales” que le dio  carta de ciudadanía política a las funestas microempresas electorales, que llegaron a copar el espacio electoral, con un empobrecimiento y envilecimiento de la actividad y la dignidad de la política, como no se había visto nunca antes. Los partidos tradicionales se volvieron  federaciones  de emprendimientos microempresariales  individuales, despojados de cualquier sentido de acción colectiva que estuviera motivada por la búsqueda de un interés general. Ese virus mortífero para una democracia que merezca respeto, sigue infestando el cuerpo de nuestros partidos tradicionales. Hay que abonarle al uribismo que en lo que al  trabajo político se refiere son organizados y disciplinados bajo la férula del jefe – caudillo.

En medio de esa maraña y esa mediocridad, se fueron formando estructuras políticas con otra organización, otras maneras de entender  y de  abordar la política, de hacer el trabajo. Son todos  alternativos que cubren el escenario de opciones políticas – desde la derecha con el uribismo, pasando por un centro indefinido en cabeza de Los Verdes y del Mira, y un populismo de confuso pedigree como es el PIN, hasta llegar a  la izquierda democrática con El Polo y Progresistas y más allá en el espectro, una izquierda pura con la renacida UP y la aún embrionaria Marcha Patriótica -. Estamos  lejos de las operaciones avispa de los partidos tradicionales y sus microempresas unipersonales, pero aún distantes  de tener terceras opciones consolidadas, en momentos en que se avizoran cambios fundamentales en el escenario político posthabanero. Lo logrado  puede venirse a tierra si se aumenta el umbral requerido para conservar la personería y se mantienen las trabas para reagrupar fuerzas y  adelantar tareas en común con miras a  sumar apoyos sin sacrificar identidades. Sumando sin polarizar   fue la consigna victoriosa en las urnas el domingo en Argentina. Pero acá el virus de la discordia, del cálculo personal  cortoplacista, parece que también invade  a los nuevos partidos y amenaza con reducir lo logrado a lo que pudo ser y no fue, una vez más. Triste compararnos con nuestros pares latinoamericanos.

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