Por: Daniel Mera Villamizar

Por un centro reformista que no haga “trizas”

Corregir el acuerdo con las Farc no es la única urgencia del próximo periodo presidencial.

En 2010, Juan Manuel Santos recibió una clara mayoría política centrista que le hubiera permitido hacer cambios y negociar una paz aceptable. Pero se las arregló para volverse rehén del proceso con las Farc y en 2018 entregará un país dividido o con una mayoría a favor de rectificar su ‘legado’.  

Más improbable es una mayoría en cabeza de un ‘Trump’ dispuesto a hacer ‘trizas’ el acuerdo con las Farc. El talante colombiano es la moderación, una cierta sensatez, un cierto pragmatismo, que tiene de malo alguna indiferencia ante los valores e ideales. Lo que entraña una frecuente incapacidad para tomar decisiones duras y una propensión a la transacción, al gradualismo, a lo híbrido. Un ‘Trump’ no sabría navegar en nuestro espíritu ecléctico y santanderista.

Santanderismo cuya perversión explica que el Gobierno haga en la Constitución y la ley lo que niega en el discurso de sus concesiones a las Farc. La retórica de otra generación que todavía cautiva quisiera ver un Alejandro Magno que con su espada acaba el nudo gordiano que están haciendo mediante el fast track y las facultades extraordinarias al presidente.  

La realidad es que aun con un referendo que restablezca el No del plebiscito se necesitará otro fast track, es decir, las mismas habilidades con la Constitución y la ley para eliminar y enmendar. Desde el 91 se suele llamar a Manuel José Cepeda para estas operaciones delicadas, pero esta vez habría que poner un equipo de constitucionalistas bajo la dirección de Jaime Castro. Muchos tienen rabia, con razón, pero no hay una espada de Alejandro Magno.

La cuestión es que el país no aguanta otros cuatro años dedicados principalmente a resolver el lío con las Farc. Y con el Eln. Lo primero es cambiar la narrativa en la que el país depende de la paz al precio que sea por una narrativa de nación en la que tenemos unos valores y una agenda ambiciosa, de modernidad, competitividad, progreso social, independiente de las ideas fracasadas de los violentos.  

Unos valores que vuelvan intolerable éticamente la corrupción. Una agenda en la que la paz sea primero que todo control del Estado sobre el territorio. Una narrativa que otorgue la debida urgencia a las reformas económicas y fiscales, a las reformas sectoriales, al cambio cultural para el progreso económico, y a la gobernabilidad para hacer lo necesario.  

No esta narrativa que tenemos de un país sin horizonte, que para comenzar no sabe cómo sustituirá la bonanza petrolera, atrapado en una cantidad de nociones románticas promovidas por malquerientes íntimos de los inevitables e insospechados desarrollos de la libertad. De un país que tuvo la mala fortuna de un gobierno que no representó bien a la sociedad en la negociación con quienes querían someterla por las armas (ver “Mejor acuerdo posible” nunca hubo) y pretende mostrar el resultado como digno de la historia.  

Esa narrativa hay que superarla en el debate público, ojalá reconociendo la necesidad de un centro político reformista (interpartidista) para sacar adelante una ambiciosa agenda nacional. Santos se tiró el centro político que recibió y hay que de algún modo reconstruirlo.

@DanielMeraV

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