Por: Mauricio Rubio

Prepagos en Tinder

La popular aplicación para citas entre desconocidos podría servir para iniciarse en el sexo pago.

“Trabajadoras sexuales piden bloquear Tinder”, tituló Actualidad Panamericana en 2015. La posibilidad de matches virtuales perjudicó a las mujeres que atienden la demanda sexual en estratos altos. “Ahora cuando a un man le entra la arrechera, solo prende el aparatejo este y va levantando de una polvo. Ese es un cliente que perdemos” explicaba una de ellas, molesta con la tecnología.

No fue por casualidad que encontré ese artículo tan premonitorio. Apareció cuando googleé “Tinder prostitution”, después de presenciar una peculiar escena en el parque Montjüic en Barcelona. Al subir buscando un sitio calmado y con buena vista para leer, crucé una adolescente elegantemente vestida, con unos incomodísimos zapatos plateados de tacón puntilla: 15 cm que superaban con creces el máximo recomendado. Aunque en España al madrugar por el periódico es más común encontrarse gente trasnochada que trotando, era demasiado tarde para ser el final de una noche de rumba. Además, lucía recién maquillada y peinada.

Al rato la enigmática joven pasó frente a mí acompañada por otra mujer con una cámara Nikon envidiable. Hablaban alguna lengua eslava e iniciaron una glamurosa sesión de modelaje y fotografía. Era domingo, no había equipo de luces, y por ende aquellas sensuales tomas no eran profesionales. Después, en un paraje escondido, alcancé a ver que la modelo, dándome la espalda, se bajaba la blusa descubriendo los hombros y tal vez parte de los senos mientras su compañera la retrataba de frente. Entendí que la sesión no era para revistas de moda en Croacia o Bulgaria. Pensé que esa jovencita de pronto se anunciaría como escort ofreciendo GFE, “Girlfriend Experience”: noviazgo simulado por dinero. Me pareció improbable que fuera a utilizar alguno de los anuncios personales en los que con el infaltable “18 añitos” posan, ligeras de ropas y con tacón puntilla, prostitutas mayores. Fue ahí que pensé en Tinder como discreta, progresiva y poco comprometedora puerta de entrada al sexo comercial.

Google confirmó mis sospechas más allá de la clarividencia panamericana. “Tinder: más que una aplicación para citas se ha vuelto un catálogo de prepagos”, titula Q’Pasa sin datos ni testimonios. Un periódico inglés les preguntó a varias prostitutas “por qué estaban todas en Tinder”. Sarah les respondió que por la misma razón que otras mujeres de su edad: para averiguar cuántos hombres hay cerca y contactarlos de manera fácil y segura. A diferencia de muchas usuarias, a Sarah no le interesa conocer solteros porque busque novio, ni siquiera para tener una aventura. Su negocio se ha duplicado con Tinder. Empezó a usarlo cuando una amiga, también escort, le dijo con desparpajo: “¿Dónde más tienes a tu disposición una base de datos con todos los hombres dispuestos a tirar ya mismo en tu zona?”.

Los trucos que usan las profesionales para distinguirse de las demás mujeres, un problema milenario, son simples. También permiten evadir eventuales restricciones de los administradores de Tinder. Ha sido usual una seña arbitraria que rápidamente se generaliza. En Londres proponen “80 rosas por la mejor noche de tu vida”. Antes del brexit, la tasa de cambio libra esterlina/rosa era uno a uno. Para otra acompañante, la gran ventaja de la app es librarse del acoso policial que no cesa ni siquiera cuando la actividad está legalizada.

El atractivo de Tinder para hombres que demandan sexo sin compromiso, algo menos común entre mujeres, es obvio: directo al grano, sin antesalas ni rodeos. Lilly, que también se conecta para trabajar, lo sabe. “Los hombres siempre pagarán por sexo. Todos los que he conocido por Tinder buscan eso, no es salir lo que les interesa”. La enorme brecha por género en las expectativas sexuales produce chats tan insólitos como ilustrativos:

—Usted quiere cosas gratis. Tiene que pagar.

—¡Ahh! ¿Es usted prostituta?

—No, no lo soy. Pero si vamos a tener algo sin afecto, quiero dinero, prefiero ser directa.

Esa misma consideración puede ser más elaborada. Una periodista gringa, aburrida al constatar que muchos hombres usan Tinder como fuente de sexo gratuito, sin dinero ni cariño, se pregunta cuánto deberían cobrar las mujeres para recuperar lo invertido en el servicio, además de los inconvenientes de esa variante high-tech del acoso. Su conclusión es decepcionantemente neoliberal: “El mercado debería fijar ese valor”.

Fuera de Actualidad Panamericana, en Colombia nadie sabe nada sobre este uso de Tinder. Sorprende el desinterés por lo que parece ser economía naranja: emprendimiento en servicios intensivo en tecnología. A pesar de ganar millonadas, los dueños de la app no explotan laboralmente a nadie pues el feminismo surrealista ya decretó que cobrar por sexo no es trabajo. Eso sí, exigirá que detengan por trata a las fotógrafas de adolescentes en los parques.

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