Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Es necio e injusto no reconocer el avance que ha tenido la humanidad y Colombia enfrentando la pobreza absoluta y relativa en los últimos 15 años. Este camino ha permitido algunos logros en construcción de equidad, aunque no los suficientes para creer que vamos con la aceleración correcta; este, que es quizás el asunto central del desarrollo económico en la próxima década en Colombia.
En esa dirección, un mensaje válido sobre el que se lanzan discursos y arengas permanentes, es cómo dar igualdad de oportunidades a todos en temas como la educación y otros servicios básicos que permitan que las familias prosperen. Pero hay un camino indispensable que debe ser no dejar atrás a tantos colombianos que se han quedado en el camino y que pueden empeorar el problema de inequidad y pobreza a futuro. De nada sirven los esfuerzos y logros alcanzados si no somos capaces de darles salidas y respuestas a todos aquellos que se quedan al final o por fuera de la cola de las oportunidades.
En este mismo sentido concluye sobre América Latina el más reciente estudio del centro de investigaciones IDRC de Canadá, el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural Rimisp y FIDA. Este estudio, como una novedad y valor agregado importantísimo para el desarrollo, mide dicha inequidad en función de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS).
Lo más valioso del estudio, que no es nada muy distinto a lo que se ha venido concluyendo sobre el futuro de nuestro país, es que avanzar en desarrollo necesita urgentemente considerar inequidades hacia grupos minoritarios (tal es el caso de comunidades afros e indígenas en Colombia), inequidades por asuntos de género, pero especialmente inequidades territoriales. Esto último significa que las enormes diferencias de avance en temas claves de futuro de sociedad, como la educación o capacidad competitiva, entre los distintos departamentos de Colombia o aún entre distintas zonas de una misma ciudad.
El mencionado estudio hace una aproximación a la realidad colombiana en inequidad territorial, concluyendo que es una de las peores entre siete países representativos de la región, evidentemente superados por Chile y muy cerca del pobre desempeño de México y Guatemala. Llegar a este estado se da por: dificultades para enfrentar la pobreza en todos los territorios (basta ver los casos de La Guajira y, en general, las costas Atlántica y Pacífica), problemas en malnutrición, dificultades en una educación inclusiva, de calidad y con oportunidades a lo largo de la vida e inequidades de género. Como asuntos adicionales a ser destacados sobresale del estudio el peor desempeño que tenemos en inequidad territorial en el acceso al agua y en positivo los buenos resultados que ha tenido Colombia en generación de empleo y crecimiento económico.
El principio del crecimiento que necesita Colombia hacia delante, y que debe ser prioridad de las agendas de los candidatos presidenciales alejados de populismos ineficaces, es que construir desarrollo y crecimiento debe ser con el compromiso de “no dejar a nadie atrás”, en donde no es suficiente con que todos tengan oportunidades (camino necesario, pero que es demasiado largo para el que ya está distante), sino acercar al que no tuvo esa oportunidad en el pasado. Lograr esto no sólo es un gran desafío, sino supone articular actores y sectores económicos, sociales y políticos de los ámbitos central y territorial, y mucho de voluntad y estrategia de política pública.
De postre
Vergonzosas y preocupantes la ineficiencia y la falta de previsión de la Registraduría en el tema de las votaciones de la consultas internas de los partidos. Si se trata de una deficiencia presupuestal, peor aún. No sólo representa un serio problema en la construcción de la democracia, sino un error grave de gestión pública que merece ser denunciado y que debe dar lugar a una revisión interna de quienes ejercen el liderazgo y a las investigaciones y actuaciones por parte de los órganos de control. Eso no puede pasar en un país donde históricamente hemos sido serios y ejemplo en el manejo de los procesos electorales. De poco sirve llamar a la ciudadanía a votar, como un deber y derecho, cuando simultáneamente enviamos mensajes de improvisación de nuestro sistema electoral como el del domingo pasado.
