Prohibido tocar

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En estos, los peores días de la pandemia, a veces tengo una horrible fantasía: que nunca más podamos abrazar a nadie, ni a los amigos, ni a los niños, ni a nuestros padres o abuelos. Esperemos que no. La historia nos dice que cuando el cuerpo es susceptible de ser portador de cualquier enfermedad epidémica lo primero que se reprime es el tacto y que hasta el deseo erótico sufre una contracción, como sucedió con la sífilis y el sida. Tarde o temprano, sin embargo, recuperamos la capacidad de acercarnos, aunque, como dice Franco Berardi, los miedos que han generado estas experiencias “están aquí para quedarse, transformados en ritual, moda y estilos de vida”.

Berardi, filósofo italiano, publicó Fenomenología del fin en 2015, pero su libro ilumina de manera extraordinaria estos tiempos pandémicos. No es el primero en hablar de estos temas, pero sí uno de los más brillantes. Allí analiza cómo el paso del orden mecánico al digital ha cambiado nuestra forma de percibir, modificando radicalmente la interacción social. Para ilustrarlo, habla del sentido del tacto: “El mundo sólo se vuelve parte de nuestra experiencia cuando nuestra piel entra en contacto con el cuerpo de otro (sea humano o no humano) y el calor puede fluir de un organismo a otro”. Leo esto con tristeza, ahora que tememos incluso tocar las superficies: el papel, los pomos de las puertas, los botones del ascensor.

El autor explica cómo la relación entre contacto físico y culpa aparece con las religiones monoteístas, que asocian cuerpo y pecado. Ejemplo de ese tabú es la creencia de que María dio a luz a su hijo sin perder la virginidad, o sea sin tener sexo. En los tiempos modernos la disuasión de tocar viene, además, de la higiene y de la cultura, que regula estrictamente cuándo y cómo tocarnos. “Noli me tangere (no me toques) parece ser la regla de la sociedad moderna”. Algo que varía de unas culturas a otras. El miedo al cuerpo del otro, además, incrementa el consumo de pornografía, como está sucediendo en la pandemia. Simplificando un poco al autor, la actual proliferación de la pornografía estaría “vinculada a una patología emocional, acentuada por la mediatización del porno y especialmente por su expansión en internet”. La virtualidad y lo digital habrían aumentado la disociación entre empatía y comprensión. La hiperconexión, que sería una forma de huir del estrés de la competitividad, la precariedad laboral y el vértigo moderno, anula el contacto físico. En Japón, por ejemplo, “un laboratorio de psicopatologías relacionadas con la mutación conectiva de la tecnología”, están los hikikomori, los miles de jovencitos que viven en absoluto aislamiento, volcados sobre sus pantallas; y en países con los más altos índices de conectividad, como Corea del Sur, el de mayor conexión de banda ancha y “la tierra de Samsung y LG”, donde “las pequeñas pantallas privadas de los teléfonos inteligentes ganan la atención de la muchedumbre, que arrastra sus pies calmada y silenciosamente, y que apenas mira a su alrededor”, existen los más altos índices de suicidio del mundo.

No es fácil traducir en pocos caracteres la complejidad del pensamiento de Berardi, pero ahora que el mandato de No tocar se une con un apogeo de la virtualidad, vale la pena pensar en estas cosas.

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