Prohibir por prohibir

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El verbo “prohibir”, el más utilizado durante la pandemia, es un préstamo del latín prohibere, que significa algo así como tener o mantener lejos o alejado. En Colombia, sin embargo, muchas de nuestras medidas parece que lo único que mantienen alejado es la sensatez. O cuando le pegan a una parte y uno se emociona, lo desinflan ahí mismo con la siguiente. Mi último asomo de esperanza vino con la noticia de la apertura de cines y teatros. Algo apenas razonable después de la apertura de iglesias. Pero como de algo tan bueno no dan tanto, después del prudente “ocupación a media capacidad y mascarillas” vino el “entre cada espectador debe haber mínimo dos sillas vacías”. Así, si dos tortolitos van a cine, se pueden coger de la mano por fuera del recinto, pero no adentro.

Por fuera, además, donde el riesgo de contagio al aire libre es reducidísimo, probablemente menor que el de ser asaltado. Hubo ciudades como Bogotá, por ejemplo, donde no se pudo por mucho tiempo sacar a los niños ni sacarse a uno mismo al parque. Luego hubo franjas horarias y ahora restricciones sectorizadas. Pero quedan restricciones de edad. Los niños que pueden salir a tomar aire fresco son solo los de dos años en adelante. Si tienen un año y diez meses, no. Ahí va multa. Si tienen apenas meses y es vital que las minicriaturas reciban sol para su desarrollo físico, emocional y cognitivo, tampoco. No se puede. Está prohibido empujar coches al aire libre en el parque de la esquina. Colombia tiene la buena suerte de no tener inviernos bajo cero, podría volcar buena parte de sus actividades a la calle, pero no. Eso tampoco.

Luego están las insensateces que se cruzan. En Bucaramanga, por ejemplo, se puede salir con pico y cédula, pero no han levantado el pico y placa. Si el pico y cédula no coincide con el pico y placa, ¡qué vaina! También está el lío de los festivos, cuyo número ya de por sí es ridículo, pero aún más absurdos son los toques de queda en ciertas ciudades para controlar el flujo en los festivos. Total, ni se trabaja ni se disfruta. A la lista se suma el control de fronteras aéreas. Ya bastantes restricciones tenemos en el mundo solo por ser colombianos, pero el Gobierno nacional ha decidido que es mejor seguir manteniendo a sus nacionales en el extranjero con visas expiradas y sin seguros médicos. Y no, los vuelos humanitarios no les han funcionado a todos; son cientos y cientos los que aún no han podido regresar a su único Estado.

También está el alcohol. Y quizás esta medida me ha desconcertado en especial viniendo de los alcaldes más educados y liberales. Del creador de “aplazar el gustico”, algo así se espera. Pero, en un país donde llevamos décadas de una guerra fallida contra las drogas, a muchos alcaldes, además, se les ocurrió que era mejor que los ciudadanos compraran una garrafa de aguardiente y no dos latas de cerveza. ¿Cuál era la idea? ¿Que se la pegaran toda de una? No, alcaldes, los ciudadanos no van a dejar de tomar. No lo hicieron durante la prohibición estadounidense, no lo van a hacer en la prohibición criolla. Y no lo van a hacer porque no tiene sentido dejar de hacerlo. Una cerveza al día no pone a nadie en riesgo. La gente lo sabe. Así que no es impaciencia con las restricciones lo que tenemos, sino con ustedes, gobernantes. Al principio sabíamos que estaban contrarreloj, pero ahora parece que solo están contra la razón.

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