Por: Salomón Kalmanovitz

Prosur

Las iniciativas internacionales de Iván Duque son destructivas. El Grupo de Lima, del que fue gestor, intentó deslegitimar el gobierno de Maduro, invalidándose como posible mediador para una salida negociada a la crisis política y económica que lo afecta; además, puso en riesgo a Colombia por ser un objetivo cercano y débil. La iniciativa que montó junto con Sebastián Piñera para formar una nueva organización de integración con el expreso propósito de reemplazar a Unasur surge de una visión de confrontación y no de progreso económico o armonía entre los pueblos. Unasur terminó siendo dominada por la Venezuela de Chávez y Maduro, convirtiéndose en un instrumento de su política exterior. Su fracaso se debe, obviamente, a su politización y falta de proyectos serios de integración y desarrollo económico.

La nueva organización tiene la misma marca de malformación genética de Unasur: se trata de un club derechista de ocho países latinoamericanos que tiene más interés en defender el libre mercado, el Estado pequeño y el nacionalismo cerrero que viene agitando Donald Trump por el mundo, que en servir de espacio de negociación e integración económica. Aunque adujeron que la nueva organización no tenía orientación política excluyente, el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, se rehusó a asistir, al igual que otros mandatarios de orientación de centro o izquierda del continente, precisamente porque no comparten su orientación política ni les interesa fustigar a Venezuela.

De acuerdo con la revista The Economist, “Prosur parece ser una reafirmación del problema de siempre: que en América Latina las instituciones regionales han sido secuestradas por la ideología y por las alianzas políticas efímeras. Ellas poco trabajan para avanzar la cooperación que debiera ser el interés de largo plazo de todos sus miembros”. Lo anterior aplica a Mercosur, que fue instrumento de los gobiernos de Brasil (que se tornó en el más fuerte socio en lo económico) y del chavismo; la Comunidad Andina de Naciones sucumbió frente al interés de Chávez de forjar su propio instrumento internacional, aunque de ella quedaron dos organizaciones serias: la Corporación Andina de Fomento (con activos por US$40.000 millones) y el Fondo Latinoamericano de Reservas que convocó a los países andinos más Costa Rica, Paraguay y Uruguay (con activos por US$6.700 millones); la Alianza del Pacífico, constituida recientemente por Chile, Perú, Colombia y México, busca la integración comercial de sus socios, interesados en especial en fortalecer sus relaciones con Asia, y han acordado reducciones de aranceles entre ellos, siendo México el más industrializado y poderoso del grupo.

El lanzamiento de Prosur el pasado 22 de marzo fue improvisado, sin establecer negociaciones previas ni tener una idea clara de las funciones que podría cumplir. Algo que podría intentar es tender un puente entre el agonizante Mercosur y la Alianza del Pacífico. Cito de nuevo a The Economist: “De acuerdo con los objetivos propuestos por sus fundadores, Prosur carecerá de la influencia para hacer la tarea que Unasur debió hacer, pero que no hizo, de elaborar políticas prácticas de integración”.

Según los editores de la importante publicación inglesa, lo más probable es que Prosur se una a una lista de instituciones latinoamericanas moribundas, un “mausoleo de modernidades” que se suceden como veletas políticas; en fin, un museo de muertos vivientes.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz

Acordeones en el Magdalena Grande

El populismo y la macroeconomía

Las trampas del plan de desarrollo

A romper la regla fiscal

La paz en problemas