Qué decir y qué no

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En un meme que circula por estos días, una mujer le dice con delicadeza a su “achicopalada” pareja, mirándolo de reojo: ¿podrías dejar de hacer ruido al parpadear, por fa? Así estamos muchos. Irritables, aburridos, agresivos, hipersensibles. A eso contribuyen el confinamiento, que se va alargando eternamente como en una obra del absurdo, el anuncio cotidiano de que “lo peor no ha llegado todavía” y la sobreinformación, que en realidad es desinformación. Nadie sabe nada: algunos dicen que el virus no se contagia sino en contacto cercano con otro, en espacio cerrado y por más de diez minutos, y otros, que basta un cruce con el domiciliario o el cajero; se lee que el coronavirus no permanece en superficies porosas como el periódico o la ropa, pero se nos aconseja desinfectar paquetes, cambiarnos al llegar a casa y hasta bañarnos. En fin: en pleno pico, la pandemia, el confinamiento, las autoridades y los miedos están a punto de volvernos locos.

Los porfiados y los soberbios suelen desdeñar a los que tienen miedo por débiles, “gallinas” o “nenas”. Para ellos, y también para los bienintencionados pero en el fondo indolentes, The New York Times publicó en días pasados el artículo “Qué decir —y qué no— cuando alguien te cuenta sus temores sobre el coronavirus”. En él un psicoterapeuta habla de la “positividad despectiva o tóxica”, que consiste en responder a alguien angustiado con frases entusiastas o aleccionadoras: “Tú puedes con esto”, o “sé que estarás bien”, que muestran poca empatía, y además “trasladan la carga de lidiar con el problema a la persona que está expresando la emoción negativa”. Qué sentido tiene decirle a una enfermera o a un tendero: “¡Qué va! Contagiarse no es tan fácil” o “lávese bien las manos y verá que no pasa nada”. Los terapeutas consultados aconsejan qué decir o no decir a aquel que se atreve a exteriorizar sus temores. Por ejemplo, excluir las palabras “tienes” o “debes”. O evitar comentar: “¡Al menos no perdiste el trabajo!”.

Acaba de salir un libro que tiene que ver con lo anterior, pero en relación con algo más grave aún aunque a menudo minimizado: la depresión. Se trata del libro de Juan Carlos Rincón, La depresión (no) existe, una “Guía para no causar daño cuando hables con una persona deprimida”. En un formato ligero y con graciosas ilustraciones de La Ché, Cecilia Ramos, enuncia todo lo que no debería decirse en estos casos. Cualquiera que haya sufrido depresión, o que tenga cerca a alguien que la sufra, sabrá de la ansiedad que lo acompaña, la desesperación, el dolor y los pensamientos suicidas. Frases como “pero si lo tienes todo”, “hay gente mucho peor” o “la vida es bella” pueden equivaler a golpes que aumenten la sensación de derrota. El manual es importantísimo porque de manera sencilla le explica a la gente del entorno cómo se siente un enfermo de depresión y cómo podemos acabar de destruirlo con frases que en realidad son pura “positividad despectiva o tóxica”.

Finalmente, creo que no está bien hablar del confinamiento como “una delicia”, o decir “qué dicha esta pandemia”. Para muchos, es verdad, este momento puede convertirse en una oportunidad. Pero sólo pensar en que cientos están muriendo en soledad y miles sufriendo de hambre hace que estas frases resulten inhumanas y desatinadas.

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