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Que no revivan “derechos imperiales”

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Eduardo Barajas Sandoval
16 de marzo de 2021 - 03:00 a. m.
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Poco a poco habrá que deshacer el proceso de pillaje protagonizado por imperios que acopiaron tesoros de sociedades indefensas y los muestran en sus museos con candidez calculada.

A la manera de gringo típico tratando de recitar con gracia y acento bogotanos el Rinrín Renacuajo, el actual primer ministro británico suele declamar de memoria los primeros párrafos de La Ilíada para hacer jocosa demostración de su familiaridad con los clásicos helénicos. Con actitud semejante, junto a la copia que mantiene en su oficina de un busto de Pericles, a quien considera su héroe personal, Boris Johnson ha dicho que el reino que administra no va a devolver a Grecia los mármoles que alguna vez mandó arrancar, en acto vandálico, el entonces embajador británico ante el Imperio Otomano y que más tarde vendió a su propio gobierno, que los pasó después al principal museo de Londres.

Se trata nada menos que de ochenta metros, la mitad, de las esculturas que el inmortal Fidias incorporó, a instancias de Pericles, al friso del Partenón de Atenas, el templo clásico por excelencia que ha servido de inspiración cuando alguien ha querido hacer un edificio de proporciones perfectas. La cuenta de los bienes transportados hasta la Gran Bretaña, después de naufragios que implicaron esfuerzos para sacar del fondo del mar parte del botín, incluye además otros tesoros, como una de las Cariátides, acumulados por Thomas Bruce, conocido como Lord Elgin, en su estancia como embajador ante la Sublime Puerta de Estambul hacia 1800.

El gobierno de Kyriakos Mitsotakis expresó desde su llegada al poder en 2019 su interés en recuperar esas esculturas no solamente para Grecia sino para la humanidad, a fin de reunirlas con las otras originales, en el sitio de su creación, con motivo del bicentenario de la independencia, cuando los helenos se pudieron sacudir del yugo de los turcos. Melina Mercury, la inolvidable protagonista de películas legendarias y personaje de prestancia internacional, ya había hecho el reclamo hace más de hace tres décadas, cuando fue ministra de Cultura del socialista Andreas Papandreou.

En entrevista al periódico ateniense Ta Nea, el actual ocupante de 10 Downing Street sustentó su negativa en el hecho de que, según él, los mármoles “fueron adquiridos legalmente por Lord Elgin bajo las leyes propias de la época” y luego “han sido poseídas legalmente por el Museo Británico”. Adefesio argumentativo que visto desde la otra parte no es más que un intento de dar fundamento de derecho a la compra hecha a quien los retiró de su sitio original, despedazando el edificio más simbólico y venerado de la época clásica, con el aparente y nunca probado beneplácito de los turcos, que para la época ocupaban Grecia por la fuerza, cuando de la Atenas antigua no quedaban más que ruinas habitadas por gatos y cubiertas de hiedras y buganvilias.

Las circunstancias de abandono y la nula significación que para un comandante turco de provincia tuviesen unas piedras que no formaban parte de su historia, fueron aprovechadas astutamente por Elgin para desgarrar un monumento de cuya significación tenía plena conciencia y precisamente por eso decidió llevarse cuanto le pareció más significativo a las islas británicas. Razón por la cual la ministra griega de Cultura, Lina Mendoni, ha calificado a Elgin como un “ladrón en serie que apeló a tácticas ilegales para llevarse los mármoles”. Esculturas a las que los británicos terminaron por adjudicar el nombre acomodaticio de “mármoles de Elgin”, cuando en realidad todo lo que hizo, visto desde el punto de vista helénico, fue robarlos.

El razonamiento del señor Johnson, que después del brexit soñaría con darle a su país nuevo protagonismo sobre las huellas del antiguo Imperio Británico, tiene la implicación de reivindicar principios no escritos que en otra época justificaron los actos más oprobiosos del colonialismo, y viene a darles ahora no solo actualidad sino valor político y cultural. Conforme a esa lógica se justificarían los actos de pillaje cometidos para enriquecer con bienes ajenos colecciones de objetos de valor objetivo o simbólico provenientes de otros países, culturas y civilizaciones, para exhibirlos como trofeos sin que nadie tenga derecho a reparar en la forma como fueron adquiridos.

En los archivos, cuidadosamente llevados, de los decretos del Imperio Otomano, nadie ha encontrado la supuesta autorización en la que el embajador Bruce quiso fundamentar sus actos. Según ese desaparecido o inexistente decreto proveniente de Estambul, los británicos habrían obtenido permiso para poner andamios alrededor de ese templo “idólatra” y copiar en yeso las figuras visibles, lo mismo que para “retirar cualquier pedazo de piedra con inscripciones o figuras antiguas”. Es decir que, si fuese cierta la “autorización”, un poder colonial, que había tomado por la fuerza un territorio, disponía como si fueran propios tesoros de gran significación para el resto del mundo, y permitía el saqueo de los mismos a otro imperio, seguramente como señal de buena voluntad.

A pesar del alarde de conocimiento que el mandatario británico hace de Grecia, donde suele pasar vacaciones en casa de su padre, y de resaltar la contribución de su país al proceso de independencia de la Grecia contemporánea respecto de los otomanos, no recuerda para nada que Lord Byron, uno de los mayores poetas británicos y más fervientes devotos y partícipes de la guerra por esa independencia, se quejó desde principios del Siglo XIX del acto vandálico de llevarse frisos del Partenón. También ignora que la mayoría de los británicos considera que los mármoles originales deberían ser devueltos a Grecia, como lo ha hecho ya Francia con piezas del mismo edificio antiguo que reposaban en el Museo del Louvre.

Afortunadamente el péndulo de la historia no se detiene en ninguno de los extremos ni hay funcionario que logre detenerlo. Así que la abolición de argumentos de corte imperial es imperativo de respeto a quienes desde diferentes rincones del mundo piden que les sean devueltos tesoros de los que fueron despojados en épocas en las que la expansión de imperios les impulsó a creerse con el derecho de disponer de todo cuanto pudiera representar enriquecimiento y demostración de poder.

Gracias por haber “guardado” esos objetos, patrimonio de la humanidad, que en el Siglo XXI pueden y deben ser guardados y exhibidos por los herederos de sus artífices y verdaderos dueños. Mientras llega el momento de devolverlos, guardando copias y dando muestra de respeto y buena voluntad, al gobernante de una potencia de significación histórica y amplias credenciales democráticas no le queda bien volver a editar razones de corte imperial, ni darse el lujo de adoptar respecto de otros países una actitud a la vez amistosa y despectiva de aristócrata universal, mientras insiste en defender el supuesto derecho que le asiste a quien adquirió bienes mal habidos.

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juan(9371)17 de marzo de 2021 - 12:51 a. m.
Malditos y sucios reducidores...
Julio(87145)16 de marzo de 2021 - 09:44 p. m.
Pues el comprotamiento de Boris no se diferencia en mucho de la Alemania Nazi cuando estos entraron en montonera a robarse obras de arte en los países invadidos. Según ellos, estaban en su derecho. Boris piensa lo mismo.
Atenas(06773)16 de marzo de 2021 - 02:55 p. m.
ladrones ha habido de todos los pelambres, pese a q' mucho más se exhiben aquellos q' son fruto del hambre y la necesidad, mas los de la disolutas coronas pasan y quedan de agache, como esta afrenta a la historia de la humanidad sobre lo q' como inmortal prestigio universal se levantó en Atenas en su siglo de oro.
Pedro(18355)16 de marzo de 2021 - 02:54 p. m.
Es cierto todo lo que dice el autor. Pero los mármoles Elgin están en una imponente sala del Museo Británico en Londres y visitarlos es una experiencia única. Siempre está uno en compañía de gente de por lo menos veinte países del mundo, entre bebés que miran muy seriamente desde sus caminadores hasta ancianos apoyados en bastones, y unos cuantos maravillados. Es un cruce de caminos del mundo.
  • IVAN(96847)16 de marzo de 2021 - 11:48 p. m.
    ¿Y?
Jorge(66737)16 de marzo de 2021 - 01:41 p. m.
No en vano a esa cuasipeste que es y fue Inglaterra se la llamaba "La pérfida Albión" Pero no es necesario ir a Londres para darse cuenta del saqueo. En Nueva York sus museos tienen templos egipcios desmontados piedra por piedra. Entre España e Inglaterra quedaron repartidas las riquezas de América. En Sevilla aún se encuentra en pie "La Torre del Oro" como testigo de 300 años de robo continuado
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