Por: Columnista invitado EE

Qué nos enseña “Chernobyl” sobre Trump

Bret Stephens*

Esta semana, me senté a ver una maratón de la miniserie “Chernobyl” de HBO. Me hizo pensar en Donald Trump.

No, mi Síndrome de Enajenación con Trump no ha alcanzado los 12.000 roentgen en el dosímetro ideológico. Y no, yo no creo que el gobierno de Trump se parezca al incendio de un reactor nuclear al aire libre.

Ver “Chernobyl” (y leer los relatos reales de la tragedia) es recordar que ese tipo de símiles deberían usarse con moderación.

Sin embargo, sí hay un paralelo impactante. “Chernobyl” no es tan solo una historia sobre una catástrofe ambiental, o los actos heroicos de las personas que evitaron que se convirtiera en una tragedia incluso peor. Ilustra qué les sucede a las sociedades corrompidas por la institucionalización de las mentiras y la destrucción concomitante de la confianza.

Esa es la verdadera historia de Chernóbil donde, para variar, las verdades imposibles de erradicar del mundo natural —de la química y la física de partículas— superaron literalmente las verdades impuestas por la ortodoxia y la propaganda soviéticas.

Escena tras escena, los funcionarios del partido decretan que la gravedad del accidente no es tanta. O que la escala de los efectos secundarios no es tan amplia. O que el alcance de la culpa no es tan profundo. Le mienten a Occidente. Le mienten a su gente. Mienten desde lo más alto de la cadena de mando hasta la parte más baja. ¿Por qué? Porque pueden.

“¿Crees que la pregunta correcta te llevará a la verdad?”, le pregunta Anatoly Dyatlov (interpretado por Paul Ritter), el ingeniero que supervisó la prueba de seguridad que llevó al desastre y después se convirtió en el chivo expiatorio designado del régimen, a una científica que intenta averiguar qué sucedió la noche del accidente. “No existe la verdad. Pregúntales a los jefes lo que quieras y obtendrás una mentira. Y a mí me tocará la bala”.

De hecho, a Dyatlov lo sentenciaron a diez años de prisión (y cumplió tres). No obstante, el diálogo captura la esencia de un sistema en el cual todas las mentiras oficiales son nobles y la verdad es lo que sea útil para el partido en un momento particular. Además, este método funciona… hasta que ya no es así.

“Cada mentira que decimos contrae una deuda con la verdad”, dice Valery Legasov (Jared Harris), el héroe del drama, justo antes de suicidarse. “Tarde o temprano se cobra la deuda”.

Según los últimos cálculos —del 7 de junio—, The Washington Post tenía una lista de 10.796 declaraciones falsas o engañosas de Trump a lo largo de 869 días. En ocasiones, el Post puede ser demasiado quisquilloso al citar diferencias de opinión como evidencias de falsedad, así que reduzcamos esa cifra a la mitad. Siguen siendo 5.398 declaraciones falsas o engañosas: un total de 6,2 por día, o una cada tres horas.

Le pregunté a Allison Stanger de Middlebury, autora de Whistleblowers: Honesty in America from Washington to Trump, un libro de una agudeza extraordinaria que estará pronto a la venta, sobre el efecto acumulativo de esta tormenta. Stanger citó la famosa observación de Hannah Arendt: “Si todo el mundo siempre miente, la consecuencia no es que creas las mentiras, sino más bien que ya nadie cree nada”.

El resultado es que la gente pierde la capacidad de pensar por sí misma, de realizar juicios, de encontrar un fundamento racional para adoptar algún tipo de postura basada en los principios. Se convierten en borregos.

El martes, Jeremy Peters de The New York Times publicó un perfil del presentador de radio conservador Michael Savage, uno de los primeros y más fervientes simpatizantes de Trump, quien a veces externa su decepción hacia el presidente, siempre desde una perspectiva de derecha. A muchos de sus 7,5 millones de escuchas no les agrada mucho. En palabras de Savage: para “mucha gente” Trump, más que un ser humano, “es un semidiós”.

Esas personas —las que no toleran ninguna crítica hacia Trump, nunca, sobre ningún tema— son los borregos.

No están ni cerca de ser una mayoría en el país. Sin embargo, cada vez están envenenando más a una sociedad en la que la idea de la verdad ya había sido balcanizada (nuestra verdad), personalizada (mi verdad), problematizada (la verdad de quién) y trivializada (tu verdad)… antes de que apareciera Trump y definiera la verdad como cualquier cosa que le crea la gente.

Lo más revelador del conteo del Post sobre las mentiras de Trump es qué tan poco impactante se vuelve a medida que aumenta la cifra. Como el dinero, las mentiras están sujetas a una regla inflacionaria: mientras más haya en circulación oficial, menos vale cada una.

Todo esto se está desarrollando sin la ayuda de la KGB o algún otro instrumento de un Estado represivo para imponer una línea y diluir la distinción entre hechos y ficción. Sin embargo, el efecto no es menos dañino. Un presidente que dice cualquier cosa le habla a una base que le creerá lo que sea. Mientras tanto, el resto del país no cree ni una palabra.

¿Qué sucederá cuando tengamos nuestro propio Chernóbil, u otro 11 de septiembre, o algo peor, y la credibilidad del gobierno se vuelva esencial para la supervivencia del Estado? ¿Qué sucede cuando la palabra del presidente de verdad importa?

Luego de ver “Chernobyl”, me quedé con un pensamiento inquietante: al menos durante esa crisis la Unión Soviética tenía al frente a Mijaíl Gorbachov, con su decencia y honestidad instintivas.

* Comentarista político de The New York Times

 

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