Por: Patricia Lara Salive

¡Qué torpes!

La decisión de Márquez y Santrich de reiniciar la lucha armada después de firmar la paz demuestra su torpeza política y su infinita incapacidad de entender el país y de percibir cuáles son los sentimientos de su gente; pero también denota su egoísmo y su narcisismo descomunal. Porque independientemente de que la implementación del Acuerdo de Paz haya sido lenta; de que la reforma rural integral, las 16 curules para las víctimas y la reforma política contempladas en el Acuerdo estén en cero; de que los programas de sustitución de cultivos ilícitos no sean prioridad de esta administración, y de que el partido de gobierno y el presidente Duque hayan insistido, afortunadamente sin éxito, en modificar la JEP y otros aspectos del pacto de paz, lo cual pudo infundirles inseguridad jurídica, la motivación fundamental de la decisión de Márquez y Santrich parece corresponder más a la necesidad de solucionar un problema personal que a un asunto político: Santrich sintió muy probablemente que la Corte Suprema iba a dictarle orden de captura y se escapó antes de rendir indagatoria, a pesar de las promesas que le había hecho al país de que se sometería a la justicia y acataría sus decisiones. Y Márquez, que no ha podido explicar la relación con su sobrino Marlon Marín, involucrado en narcotráfico y convertido en informante de la DEA, sintió también pasos de animal grande y, en lugar de acogerse a la JEP y aclarar su situación, decidió crear una nueva guerrilla y, para satisfacer su ego, se volvió jefe de otra aventura armada, sin importarle las nuevas víctimas que deje en el camino, ni el perjuicio que con su decisión les cause a los cerca de 10.000 excombatientes que siguen apostándole a la paz, ni el impacto negativo que su decisión tenga en la consolidación de la democracia en el país. Pero es tal el rechazo que ha generado su notificación del regreso a la guerra, que por más de que ejecuten unas cuantas acciones urbanas, la posibilidad de que tengan audiencia o interlocución política es nula.

Dicho esto, hay que enfatizar en que si bien el Gobierno debe garantizar que los militares demuestren eficiencia no solo en la persecución a la nueva guerrilla sino también a los demás grupos y bandas armadas, la prioridad del presidente tiene que ser, ahora sí de verdad y con toda celeridad, cumplir el Acuerdo de Paz como un todo. No se trata, como tantas veces lo ha dicho él, de cumplirles a quienes han cumplido. No. Se trata de cumplir el Acuerdo y punto. Los que han incumplido están por fuera del Acuerdo, y sobre eso no hay discusión. Pero el Acuerdo es mucho más que lo que concibe este Gobierno, cuyo comisionado Archila está dedicado a demostrar su eficiencia en la implementación de los proyectos productivos, etc. Y eso está muy bien. Pero el Acuerdo es bastante más que eso, porque su propósito fundamental es garantizar la no repetición de nuestra tragedia; es decir, lograr que las condiciones de inequidad, atraso y exclusión que reinan en la mayor parte del campo colombiano se superen, y conseguir que el Estado haga presencia y garantice la seguridad en todo el territorio, especialmente en las zonas más afectadas por la violencia y el narcotráfico.

Ahora el presidente Duque tiene la gran oportunidad de unir al país, dejar sin argumentos a los violentos y lograr que regrese la paz. Ojalá la aproveche, porque lo más triste que podría sucederle sería que la paz muriera en sus manos.

Nota. Por viaje, esta columna reaparecerá el 27 de septiembre.

www.patricialarasalive.com, @patricialarasa

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2019-09-06T00:00:22-05:00

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