Por: Alberto Donadio

Quédese inerte

El duelo no pasa, pasa la emotividad del duelo. Lo decía el escritor francés Roland Barthes después de la muerte de su madre, con la cual vivió 60 años. Ella era viuda desde los 23 años, perdió a su marido en la Primera Guerra Mundial y falleció en 1977. Barthes murió en 1980. En esos tres años de luto llenó muchas esquelas que solamente se publicaron en 2009 en un sentido libro llamado Diario de duelo. “¿Poder vivir sin alguien que se amaba, ¿significa tal vez que se le amaba menos de lo que creíamos?”, se pregunta Barthes en esta recopilación donde se dice despellejado sin tregua. “No decir duelo. Es demasiado sicoanalítico. No estoy en duelo. Estoy sufriendo”, proclamaba. “La verdad del luto es muy simple: ahora que mamá está muerta, me veo empujado hacia la muerte (nada me separa, aparte el tiempo)”, anotaba. Sí, las lágrimas pasan, la tristeza permanece.

Barthes cita una carta de Proust escrita en 1907 a un amigo cuya madre había fallecido: “Cuando usted se haya acostumbrado a esta cosa espantosa, que por siempre es relanzada al pasado, entonces la sentirá dulcísimamente revivir, volver a tomar su puesto, todo su puesto a su lado. Quédese inerte, espere que la fuerza incomprensible que lo quebró lo vuelva a levantar un poco, digo un poco, porque usted conservará siempre algo quebrado. Jamás nos consolaremos, siempre nos recordaremos más”.

En los últimos diez años, desde cuando mi esposa Silvia Galvis falleció el 20 de septiembre de 2009, he vivido dentro de ese “jamás nos consolaremos”. Y también he experimentado lo que describía la novelista británica Iris Murdoch: “La pena es una oscuridad impenetrable a la imaginación de los que no están en pena”.

Hay una leyenda de un escocés que se marcha al África tras la muerte de su esposa adorada, para alejarse del epicentro del duelo. A todos los que encuentra en el camino les habla de ella, lo escuchan pero no lo entienden. Un día lo recibe una tribu lo recibe, oye la historia y le pregunta por qué no toma otra esposa. No es cualquier cónyuge la que ha muerto, no es una mujer reemplazable por otra, pues se ha perdido la comunicación insustituíble entre dos seres humanos. Lo decía el doctor Albert Schweitzer: “¡Qué tremendo poder interior existe en la comunión espiritual con otra persona! A medida que envejecemos confirmamos que la verdadera felicidad nos viene únicamente de quienes espiritualmente significan algo para nosotros. Estén lejos o cerca, vivos o muertos, los necesitamos si hemos de encontrar nuestro camino en la vida”.

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