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En Cali el paro tiene dos bandos: el «establecimiento», conformado por autoridades civiles, la Policía, el Gobierno nacional, los estratos altos y los empresarios miopes*, y los «rebeldes», que cuentan en sus filas a los estudiantes, los jóvenes de las «líneas», «mamás primera línea», intelectuales, artistas, obreros, empleados, indígenas, profesores y organizaciones de derechos humanos.
Yo milito en este lado.
Ambos bandos están armados. Las armas del «establecimiento» están en manos de la Policía y los paramilitares, que se dividen a su vez en «paras pobres» y «paras ricos». Los «paras pobres» son policías vestidos de civil, como los que saltaron de un camión y dispararon contra los manifestantes que bloqueaban la Portada al Mar la tarde del jueves 6 mayo.
Los «paras ricos» han disparado sus armas desde los pisos altos de sus lujosos edificios del oeste y en la cacería de indígenas que improvisaron en el sur, en la rotonda de entrada al barrio Ciudad Jardín la tarde del domingo 9 de mayo. Como trabajan en coordinación con la Policía debemos llamarlos «paramilitares», con todas sus letras, y lamentar dolorosamente que ninguna voz del «establecimiento» haya censurado sus métodos.
Existe la versión de que los «paras ricos» se estaban defendiendo del ataque de la minga, pero las cifras no cuadran con esta tierna hipótesis: indígenas heridos, ocho; mestizos heridos, cero.
Las «líneas» de los «rebeldes» se defendieron al principio solo con piedras, explosivos caseros y los cilindros lacrimógenos que les devolvían a los «robocops» del Esmad, pero la situación está cambiando: han entrado en la contienda las «oficinas» de cobro y de microtráfico. Como algunos de los jóvenes manifestantes son jíbaros o cobradores (allí hay de todo, como en el Congreso) los capos se preocuparon y enviaron sus pistoleros a proteger sus empleados. Las «oficinas», que antes eran enemigas entre sí, se disputaban los territorios y trazaban fronteras invisibles, ahora se han unido frente al enemigo común, la Policía. Obviamente, esto complica mucho más la ecuación social de Cali y hará crecer el número de víctimas fatales del paro.
Los bloqueos son la línea roja que debemos salvar, el punto cero de los diálogos. Pero no tiene presentación que el «establecimiento» les diga a las «líneas»: «Muchachos, levanten los bloqueos, están muy largos, un mes es mucho tiempo, váyanse para las casas que nosotros vamos a estudiar los problemas y antes de que termine el año idearemos una fórmula que levantará los bloqueos de educación, salud y trabajo que ustedes han padecido con solemne paciencia durante decenios».
El levantamiento de los bloqueos tiene que ir acompañado de medidas de seguridad para las «líneas», una renta básica, una canasta de alimentos básica porque en Cali hay centenares de miles de personas que comen una sola vez al día y que están calmando fatigas en los puntos de resistencia. Hay que diseñar también actos de restauración simbólicos por los atropellos seculares del «establecimiento», por la barbarie del Esmad en estas cuatro semanas y por la bofetada del jueves, cuando el Congreso ultrajó a las víctimas ratificando al mindefensa.
Hay que decirles a los manifestantes (ojalá nos crean) que la sociedad colombiana no es tan miserable como la tenaza formada por los conservadores, los pastores, el Gobierno, Germán Vargas, César Gaviria y Álvaro Uribe.
* Cali también tiene fundaciones generosas y empresarios tan sensibles como Mauricio Armitage, presidente de Sidoc, y Joaquín Losada, presidente de la multinacional Fanalca, que tienen propuestas viables para dar respuestas rápidas al hambre y el desempleo que azotan a la ciudad.
