Por: Arturo Charria

Recordar

Hay palabras que contienen el mundo entero en su significado y "recordar” es una de ellas. Toda nuestra vida cabe en sus letras, pues los recuerdos nos dan un lugar en el mundo y nos ayudan a tomar decisiones. Cuando un sabor nos desagrada lo evitamos y nos basta con escuchar los primeros acordes de una canción para sonreír. Quizá por eso La palabra “recordar” oculta en su etimología uno de los significados más bellos del español: se compone del prefijo “re” (volver) y del sustantivo “cordis” (corazón), es decir, “volver a pasar por el corazón”. De ahí el error que cometemos cuando olvidamos algo: cerramos los párpados tratando de encontrar aquello que creemos perdido. Intentamos buscar ese recuerdo como si estuviera oculto en el cerebro, pero cuando nos concentramos en la sensación que nos produjo aquel paisaje o aquel perfume, lo encontramos en la piel y en los sentidos.  

Tenemos memoria porque recordamos; sin memoria los recuerdos sólo serían un río incontenible que se desborda por nuestro cuerpo. La memoria contiene y ordena nuestras experiencias, a veces es confusa, porque cada experiencia es un recuerdo que nos habita y ordenarlos resulta complejo. Los recuerdos son como estrellas solitarias y la memoria es la constelación que traza el sentido de lo que somos, a partir de lo que fuimos y también de lo que podemos ser. 

En el Diccionario de uso del español, María Moliner crea un catálogo que muestra la dimensión que tiene “recordar”. Basta con revisar una parte del campo semántico creado por la filóloga española para comprender la potencia que tiene esta palabra: “alumbrarse, desenterrar, despertar, evocar, grabar en fuego, hacer, encomendar y traer a la memoria, acudir al pensamiento, tener presente, reconstruir, conservar, refrescar, hacer vivir, retener, remembranza, reminiscencia, resonancia, estela, inscripción”. Cada palabra es, a su vez, otro universo que nos demuestra que el lenguaje, como el pensamiento, es infinito.

Y el olvido, a diferencia de lo que se piensa, no es enemigo de los recuerdos y de la memoria, es un complemento necesario. Sin olvido no tendríamos recuerdos, porque todo estaría presente y nuestra relación con el pasado sería plana, pues todo tendría un mismo valor; ningún rostro brillaría por encima de los demás y nada quedaría "grabado en fuego” sobre nuestra piel. Recordar no es un accidente, sino una necesidad con la que damos sentido a nuestra vida.  

Aunque parezca una paradoja, no podemos vivir sin recuerdos y tenemos que vivir a pesar de ciertos recuerdos. Porque esa “estela” de la que habla María Moliner también son nuestros dolores y nuestros muertos: ausencias que están presentes en todas nuestras cosas y que se convierten en una pregunta que no tiene respuesta. Por eso recordar también implica sobrevivir a nosotros mismos y llorar muchas veces sin saber por qué. Jorge Luis Borges lo escribió magistralmente en su poema 1964: “Nadie pierde (repites vanamente) / sino lo que no tiene y no ha tenido / nunca, pero no basta ser valiente / para aprender el arte del olvido. / Un símbolo, una rosa, te desagarra / y te puede matar una guitarra.

Por estos días en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación se dará apertura a una exposición sobre el sentido que tiene la palabra "Recordar". En ésta se indaga sobre la experiencia de los habitantes de Bogotá durante la guerra. No es un archivo o un recuento histórico sobre el conflicto armado en la capital, sino una pregunta por la forma en que estos hechos marcaron a la ciudad y a sus habitantes. Recordar no para quedarnos atados al pasado, sino para comprender el daño y las afectaciones sufridas por miles de personas. Recordar para romper estigmas y transformar percepciones que tenemos sobre las víctimas. Recordar para ser ciudadanos más empáticos y, sobre todo, para volver a pasar por el corazón.

@arturocharria

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