Reducción de daños en el PDD

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“Por primera vez la Reducción de Daños quedó en un Plan de Desarrollo en Colombia”, exclamaron jubilosos Julián Quintero y Marcela Tovar, gestores sociales y directores de CEPAT y ÉCHELE CABEZA, fundaciones comprometidas con los derechos humanos y las políticas de drogas en pro de lograr una atención humanizada y digna de los adictos a sustancias psicoactivas. Supe que este logro resultó del empeño de estas y otras organizaciones que integran el grupo Acciones para el Cambio, que presentó al Concejo de Bogotá un proyecto juiciosamente sustentado y gracias al compromiso de cabildantes progresistas y de la gestión decidida del concejal de Alianza Verde, Diego Cancino, quedó, como estrategia de salud pública en un nuevo artículo del Plan Distrital de Desarrollo 2020-2024:

ARTÍCULO NUEVO: …Los planes de cada una de las entidades que integran el Consejo Distrital de Estupefacientes deberán contemplar acciones específicas para la prevención y Reducción de Daños del consumo de sustancias psicoactivas dirigidas a consumidores recreativos, habituales y problemáticos.

Considerando, que respecto a las libertades individuales, la sociedad Colombiana enarbola mentalidad conservadora, sumado a que los gobiernos cumplen con obediencia supina la moralidad y las políticas de la “Guerra contra las drogas” que impone el imperio gringo, por eso, tengo la sospecha de que la aprobación de dicho artículo en el PDD, pudo ser un mico providencial. Dudo de que el secretario de Planeación esté plenamente consciente de que aprobó una estrategia social que contradice el actual Código de policía al dar licencia al consumo recreativo de estupefacientes. Dudo también que el Secretario de Salud, haya pensado en que la implementación de la Reducción del daño transformará paradigmas en la concepción de las enfermedades mentales y en el modo en que asumimos la salud pública.

La Reducción de Daños es una estrategia de intervención en drogodependencias que en los años 80 comenzaron a desarrollar en Europa del norte, ante el fracaso del prohibicionismo, de la medicación con fármacos y de las terapias conductistas, entre otras prácticas fallidas del programa “Libre de drogas”. Inicialmente pretendió reducir los riesgos asociados al consumo de psicoactivos, como la transmisión de enfermedades virales por vía del consumo (VIH, tuberculosis, hepatitis B) especialmente de heroína por vía parenteral, riesgos de sobredosis y también se propició el acercamiento de los adictos a las redes de asistencia médica y social.

Sin ser la panacea, esta nueva estrategia de asistencia, en los países que la acogieron, incidió en la humanización de las políticas de drogas y por ende en los conceptos terapéuticos. En América fue acogida más por organizaciones comprometidas con la defensa de los derechos humanos que por las instancias gubernamentales. Acaso porque los conceptos inherentes a la Reducción de Daños permite la restitución de derechos y obligaciones constitucionales, violadas por las prácticas criminalizantes, estigmatizadoras y represoras. La verdad hay más entusiasmo que eficacia, porque la humanización de la atención a drogodependientes será justa en tanto justo sea legalizado el consumo. También, la Reducción de Daños ha de adecuarse a realidades socioculturales de cada país.

Por ahora celebro que las organizaciones y los líderes comprometidos con la atención a personas adictas a Spa hayan logrado que ya sea un artículo en un Plan de desarrollo, ojalá lo asuma Bogotá como un método de salud pública, ojalá por este camino ya no sea los policías quienes se ocupen de los adictos, sino las instancias sociales y médicas del Estado.

Si tiene buen curso la Reducción de Daños en Bogotá, seguramente será un ejemplo para otras ciudades.

ELEGÍA AL GENERAL SANDUA

Cuándo Aníbal Muñoz llegó a Bogotá empezó ganándose la vida cuidando los carros que parqueaban en la calle profesores de universidades del centro. Cierto día alguna vecina le obsequió un quepis de marinero y una casaca roja de un disfraz de militar de la independencia.

No sé imaginó la vecina que su regalo sería providencial para animar el heroico personaje latente en el alma de Aníbal. En efecto, al verse en el espejo ataviado así, llegaron a su mente ímpetus patrióticos y como un súper héroe de cómic asumió la mutación: ¡¡ soy el GENERAL SANDUA !! -exclamó en la soledad de su cuarto y su grito debió sobresaltar a los otros inquilinos del hotelucho en que vivía.

En adelante fue un campeador callejero, eligió la plaza más emblemática de la capital sin otra arma que su conciencia y su palabra para denunciar injusticias de los gobiernos y corruptelas de los políticos. Con porfía quijotesca profería arengas panfletarias para concientizar a los transeúntes, y, por supuesto, para ganar monedas y dádivas de los que convencía.

Llegó a ser un hito vivo en la ciudad, lo que no consideraron en las secretarias de Cultura y de integración social. Tampoco buscó el apoyo del estado, cumplió solo su ilusoria guerra.

A los 93 años falleció en un hospital de caridad, pero en la leyenda callejera sigue vivo el General Sandua. Paz en su tumba.

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