Por: Héctor Abad Faciolince

Regalos de Quebradona

Parece ser que en el subsuelo de un territorio bendecido por la naturaleza (la región de Jericó, Támesis, Tarso, Jardín, en el suroeste antioqueño) hay grandes cantidades de cobre, oro, plata y molibdeno. Perforando la tierra, las peñas, los acuíferos, a hectómetros o kilómetros de la superficie, haciendo los debidos túneles y sacando miles de toneladas de material, está la cueva de Alibabá, el tesoro que desorbita los ojos, dilata los poros y aviva la codicia: oro, dólares. A muchos se les hace agua la boca, y especialmente a una empresa minera trasnacional, la sudafricana AngloGoldAshanti (AGA), ahora con muy activos y ambiciosos proyectos en Colombia.

No soy un ecologista místico, no creo que la tierra sea sagrada e intocable. Reconozco que hay comodidades del mundo contemporáneo (electricidad, computación, vivienda, transporte terrestre y aéreo, internet, celulares) que son imposibles sin la minería: hierro, aluminio, arcillas, cobre, níquel, etc. He defendido proyectos hidroeléctricos y de represas que nos proveen de agua potable y electricidad. Sin embargo, después de analizar los pros y los contras de un proyecto como el de Quebradona, estoy del lado de la mayoría del pueblo de Jericó, que hasta ahora, por boca de su alcalde y del Concejo, se ha manifestado firmemente en contra de este enorme proyecto extracción de cobre.

La minería a gran escala, como las exploraciones petroleras, no puede hacerse siempre y en todo lugar, simplemente donde haya minerales, y sencillamente porque al Estado y a las mineras con licencias les da la gana. La voz de la comunidad tiene que ser oída, las advertencias de los ecologistas escuchadas, el paisaje y la vocación cultural de la región analizadas. Las ventajas inmediatas y a corto plazo, las regalías y los dividendos futuros no pueden ser el único criterio para definir si minas de este tamaño son convenientes o no.

Aun sin empezar a explotar la mina, AGA está ya destinando miles de millones de pesos que se dirigen a endulzar, pintando pajaritos de oro, la voluntad del pueblo. Después del fracaso de La Colosa, en Cajamarca, Tolima, cuyo desarrollo fue detenido gracias a una consulta popular, AGA quiere ahora “invertir” previamente en la comunidad de Jericó de modo que en las próximas elecciones el pueblo llegue, cuanto menos, muy dividido respecto a la conveniencia o no de esta mina y, de ser posible, con mayoría de quienes la quieren. Con una Fundación ofrecen desde ya, sin empezar siquiera, el oro y el moro: talleres artísticos y musicales para los niños, asesorías, viajes y cursos a rectores y profesores, mejoras locativas, arreglos en caminos veredales, proyectos culturales de bandas y grupos de música, entre otras iniciativas culturales a las que nadie, en principio, se podría oponer.

Y estaría muy bien que hicieran esta obra de filantropía, si realmente lo fuera. Si quisieran ser tan amables y generosos de repartir parte de sus ganancias en minas de oro lejanas para favorecer a Jericó, sería magnífico. Pero hay otra manera de verlo. Son relaciones públicas previas que, con palabras quizá muy fuertes, pero más precisas, equivalen a compra de votos. Ellos reparten, con una anticipación de años, el bienestar y los beneficios económicos que supuestamente traerá la mina, sin que se vean todavía sus daños y perjuicios (ecológicos, culturales, paisajísticos). Y así una comunidad encandilada, cegada por los regalos, podrá votar por los candidatos que la minera indique. Es una estrategia muy hábil, disfrazada de benevolencia, que debe ser desenmascarada. Nadie, y menos una minera con tan pocos hígados como esta, hace regalos así. Estos almuerzos van a salir muy caros.

AGA tiene un récord terrible, en el Congo, de violaciones de derechos humanos, daños ecológicos y explotación de la gente. En Jericó se presenta con una cara amable, sin empezar la mina. Cuánto no irán a ganar si antes de sacar un gramo de oro reparten ya regalos a manos llenas.

 

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