Reprobado

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A la mitad de su gobierno la política exterior de Iván Duque no puede calificarse sino con un reprobado. Como ocurre con muchos líderes que tienen diferencias marcadas con sus antecesores, sobre todo si son también inseguros, el distanciamiento de las prioridades y las estrategias heredadas marcan la pauta de la política gubernamental. En el caso colombiano, esto se ha visto reflejado principalmente en el torpedeo del acuerdo con las Farc, la renegación del diálogo con el Eln, el endurecimiento de la política frente a Venezuela y la reactivación del prohibicionismo en la lucha contra los cultivos ilícitos, con todo lo que ello implica en términos del relacionamiento del país con distintas contrapartes extranjeras, así como de nuestra imagen en diversos espacios mundiales.

Desde la batalla que ha librado contra Cuba por la presencia elena en la isla, el cambio abrupto de discurso acerca de la paz y las drogas ante organismos multilaterales como la ONU, el silencio ante los asesinatos de líderes y excombatientes, la alianza irrestricta con el ahora desinflado y cuestionado Guaidó, el acercamiento excesivo a las intervencionistas de Trump a Maduro, el proyecto insulso de Prosur (en supuesto reemplazo de Unasur y refuerzo de la Alianza del Pacífico) y la pérdida de entusiasmo con el significativo rol colombiano como cooperante en seguridad, en tan solo dos años Duque ha generado antipatía y confusión entre más de un gobierno e institución internacional, y esfumado en el camino la tentativa de liderazgo colombiano iniciada durante la presidencia de Santos a escala regional y hasta global.

En cuanto a Estados Unidos, el problema no es que Duque haya priorizado la relación con dicho país por encima de otras contrapartes -ya que prácticamente todo mandatario en Colombia lo ha hecho-, sino que se ha autoimpuesto una posición de extrema sumisión ante la Casa Blanca y los republicanos sin lograr nada sustancial a cambio, incluyendo más apoyo para problemas críticos como la migración venezolana o la pandemia. Los costos de dicha alianza, además ideologizada, ya se observan en la creciente crítica demócrata a la Casa de Nariño, y se volverán más palpables si Trump no se reelige.

En lo concerniente a la carrera diplomática y el servicio exterior, Duque tuvo la oportunidad de anotar un gol al comprometerse a elevar a un 50 % los embajadores de carrera que representan a Colombia en el exterior y crecer la planta general de funcionarios profesionales. Sin embargo, la ráfaga de nombramientos políticos hechos en este período, así como los escándalos sexuales, laborales y de trato entre algunos de quienes han recibido la “mermelada diplomática”, han borrado de un codazo esta supuesta intención. Algo similar ocurre con el comercio, en el sentido de que la ya trillada promesa de que se va a diversificar e internacionalizar la economía, ahora con color naranja, no ha arrojado resultados notorios y tenderá a verse aún más lejana en el mundo poscovid.

Al tiempo que Duque ha buscado revertir los ejes insignia de Santos, también ha pretendido cobrar las ganancias en reputación y liderazgo acumuladas por el anterior presidente. Más allá de la falta de norte propio, es en dicha contradicción que el actual Gobierno se ha caído de la cresta de la ola que heredó en lugar de saberla surfear.

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