Retomando el camino

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Desde que entré al restaurante no pude dejar de mirarlas. Eran dos señoras mayores, negras, que vestían su mejor pinta de domingo, aunque ese día histórico —20 de enero del 2009— era un martes. Era imposible no notarlas. Sentadas en la mesa frente al televisor, pasaban de la risa al llanto, sin dejar de mirar la pantalla ni de tocarse; abrazos silenciosos, sus manos entrelazadas o el roce de un pañuelo para secarse las lágrimas de risa.

Mi camarógrafo y yo habíamos viajado desde Bogotá a Washington D.C. para cubrir la primera posesión de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. Esa mañana, buscando dónde desayunar antes de ir al Capitolio para la ceremonia, terminamos en un viejo restaurante sobre la avenida Independence y en la mesa contigua a la de las señoras que les cuento. No resistí conversarles para conocer su historia y fue así como me enteré de que, 50 años antes, a ese par de mujeres y a dos enamorados suyos les impidieron la entrada al restaurante donde estábamos, por ser negros. Por nada más. A los novios solo quedó recordarlos entre risas; en cambio, del desplante racista quedaron años de activismo y lucha por los derechos civiles por parte de ambas mujeres y sus familias. Y aunque ya estaban entradas en años, las mujeres habían madrugado ese día para ser las primeras en llegar al local y garantizar la mesa frente a la televisión para poder ver cómo la historia reivindicaba la noche en la que fueron humilladas y rechazadas.

Hoy extraño lo que sentí ese día. La sensación de estar en un país lleno de defectos, pero siempre buscando corregir sus faltas y aspirar a un más alto código moral de comportamiento. Estaba por desencantarme del todo de la nación donde nací, cuando arrancó la Convención Demócrata el lunes de esta semana y me sentí de nuevo en ese viejo restaurante a unas cuadras del Capitolio conversando con dos mujeres dispuestas a repasar dolorosas verdades, sin quitarle el ojo al presente y sin dejar de creer que el futuro será mejor.

Debe ser en lo único en lo que me parezco a Michelle Obama. En ese deseo honesto de querer volver a sentirse orgulloso de los Estados Unidos. La ex primera dama inauguró la Convención Demócrata con un discurso cargado de frases bonitas, pero sobre todo una que me impresionó por su profundidad: “Tristemente, esta es la América que verán las siguientes generaciones. Una nación con un desempeño inferior, no solo en asuntos de política, sino de carácter”. Tiene razón. A Estados Unidos le faltó carácter para acabar el cuento de hadas que ella y su esposo empezaron a contarnos ese martes inolvidable.

Después fue el turno del expresidente Barack Obama. Su tono fue urgente y nació de una obligación ética con una nación cuya moral va en picada. Obama, que rara vez menciona el nombre de su sucesor, esta vez lo llamó con nombre y apellido en un discurso considerado el más crítico que alguna vez haya pronunciado un expresidente estadounidense contra su sucesor. “Guardé la esperanza de que Donald Trump mostrara algo de interés y se tomara su trabajo en serio, que sintiera la responsabilidad del cargo y descubriera reverencia hacia la democracia que se le encomendó cuidar. Pero nunca lo hizo”.

A Obama lo vi desde lejos el día de su primera posesión. Lo que sí vi de cerca fueron los ojos de esas dos mujeres y sus lágrimas de emoción al pensar que viven en un país donde lo incorrecto, lo injusto e inmoral se corrige. Ojalá sumen votos los discursos de los Obama y en noviembre su país elija a Joe Biden como presidente para que retome el camino que, por tantos años, esas dos amigas en Washington recorrieron de la mano.

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