Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Robótico, demasiado robótico

Del polvo pasé a la carne y de la carne a los robots que me llenaron de humo, y aquí voy, manteniendo conversaciones que son humo, abrazando a amigos virtuales y pendiente de una realidad que me hicieron ver como real, y sufrir como real, aunque en realidad sólo sea humo. Todo empezó a comenzar cuando de la pelota de cuero algo ovalada y muy pesada cuando llovía, pasé a la pelota virtual, y aprendí a hacer piruetas de humo ante rivales de humo que lloraban lágrimas de humo, y cuyas hazañas eran reseñadas por locutores de humo pregrabados, hasta que yo mismo me convertí en un jugador de humo, sentado en un sillón, con un par de controles y un televisor que eran mi vida.

Hecho humo, un día invoqué a los viejos dioses del humo que, adaptados a los nuevos tiempos, habían cambiado sus cigarros de papel y tabaco por cigarrillos electrónicos que eran sólo humo pero no echaban humo, sino un incoloro e insípido vapor de baño turco, porque hasta al humo real lo volvieron virtual. Fumando vapor, se subieron al carro electrónico de las nuevas tendencias y reescribieron en una nube virtual sus antiguos mandamientos, que partían y terminaban en uno solo: buscarás la aprobación virtual a toda costa y apelarás a la competencia salvaje y a la estupidez humana para conseguir más clics, que era como decir más aplausos de humo.

La competencia por el humo nos llevó a ilusionarnos con un éxito de humo, y por ese éxito hicimos trampa, robamos, mentimos, le pusimos zancadilla a quien se atravesara y hasta le vendimos el alma al diablo. Nuestro éxito, en realidad, fue el éxito que nos impusieron los vendedores de ilusiones con tips de felicidad, libros de felicidad y cientos de canales de felicidad. El éxito, su éxito, nos haría felices según sus principios de felicidad, que se basaban, en esencia, en comprar la felicidad, y nosotros la compramos a crédito y nos convertimos en desechables robots endeudados, todos iguales, todos felices, exitosos, todos virtuales, de humo, viviendo por, de y para la aprobación de otros robots endeudados.

Yo no logré abstraerme a las modas del humo. Lo compré, me endeudé, y creo que jamás voy a terminar de pagarlo, por más trabajos de humo que haga y por más libros virtuales que lea. Soy un robot de carne y hueso, y mis algoritmos me han ordenado cambiar lo humano, demasiado humano, por robótico, demasiado robótico.

 

 

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