Por: William Ospina

“Roma”

Si uno se fatiga viendo pasar varios minutos el agua sobre las losas de un patio, viendo el agua y la espuma hasta que todo está tan quieto que se ve el reflejo del cielo y un avión que cruza a lo lejos, cómo será la vida de esas mujeres que tienen que lavar ese patio día tras día, semana tras semana, sin que a nadie se le antoje pensar que allí está ocurriendo algo.

La apuesta de Alfonso Cuarón en su película Roma es tremenda: quiere hacernos ver lo corriente. En el cine esa pretensión es temeraria, porque a punta de efectos especiales Hollywood nos ha ido acostumbrando a no ver la realidad. Para que algo nos parezca admirable ahora se necesitan secuencias vertiginosas, planos contrapuestos, cosas que estallan, una realidad descuartizada, como dice Fernando Vallejo, y mucha violencia evidente.

Cuarón ha recibido la consagración de Hollywood y se esperaría que lo agradezca plegándose a esa estética convencional y vendedora, por eso es tan admirable su rebeldía. Ha creado una película lenta, nostálgica, llena de cosas sutiles y de relatos secretos, de violencias silenciosas, de dramas humildes, haciendo que vuelvan a ser poderosos y expresivos la lentitud, el silencio, la discreción, la quietud misma. 

Uno siente que no hay un solo detalle de esas imágenes que no haya sido pensado y que al mismo tiempo no haya pasado por el corazón. Por eso abruma la conciencia pero también conmueve. A partir del momento en que sentimos que todo es verdadero, cada episodio se vuelve cada vez más intenso, y los actores naturales logran cosas que no lograrían los profesionales más versátiles. Basta ver el modo como la protagonista responde al interrogatorio de la médica que la está examinando, para entender que alguien puede expresar más cosas cuando ni siquiera responde.

Es el cine como voluntad y como representación. Como se ha empeñado en demostrárnoslo aquí Víctor Gaviria, la poesía está en la mirada, se trata menos de crear la belleza que de descubrirla, y Cuarón sabe verla en esos lotes anegadizos de las barriadas de México, en esos descampados pobres que parecen también el gran circo universal, en esos garajes estrechos donde casi no cabe el automóvil, en ese estruendo de colmena de los mercados callejeros, en la tragedia inminente de las salas de espera, en la angustia de los quirófanos.

No es apenas una colonia entrañable de la Ciudad de México. La palabra Roma está llena de resonancias clásicas, pero Cuarón quiere mostrarnos que la gran ciudad discorde latinoamericana tiene su Roma interna, que es como un amor al revés, hecha igual de nostalgia, de fragmentos de la memoria, de esfuerzos cotidianos, de razas a las que une la adversidad, de dramas personales perdidos en las tragedias colectivas, del sentido profundo de lo que permanece.

Roma está en el origen de nuestra cultura latina, en las agonías de nuestra memoria, con su pan y su circo, con sus senadores y sus bárbaros. También en esta época los imperios centrales sienten el empuje de la invasión de las culturas periféricas, pero sólo la estolidez de gentes como Donald Trump puede pensar que eso se detiene con muros. 

Los Estados Unidos son parte de la América Latina y cada vez lo serán más. Los mexicanos les están demostrando, hace rato ya, que esa invasión es un retorno, y que el talento latino forma parte central de esas avanzadas. No son las hordas invadiendo el imperio, sino el empuje espiritual de una civilización que encarna una mirada distinta sobre los méritos y los dolores de la especie.

Alfonso Cuarón ha recogido el desafío del “A Mí También” y nos muestra que hay una manera menos glamorosa y enjoyada, pero tal vez más eficaz, de visibilizar a las mujeres y de mostrar de qué manera abnegada e imperceptible no sólo sostienen el mundo, mientras los hombres actúan y se evaden, sino que se encargan de cuidarlo. “Siempre estamos solas” es un grito tremendo que resuena en el corazón patriarcal de esta Roma planetaria. 

La película de Cuarón dice tantas cosas, muestra con tanta intensidad esa tensión contemporánea entre patrones y empleados, entre hombres y mujeres, entre padres e hijos, entre humanos y animales, entre incluidos y excluidos, entre la cultura y la naturaleza, entre el presente y la memoria, que uno siente que los hechos son solo la espuma de un agua más profunda, que debajo de la cotidianidad está la vida llena de preguntas, que en un niño muerto pueden estar la pobreza y la servidumbre, las razas postergadas, la violencia social, la incomunicación y un amor que no encuentra su rumbo.

Entre tantos cuadros admirables, recuerdo una escena que es aún más poderosa porque no puede ser resumida en palabras. La familia, amenazada por una tragedia inminente (el padre los ha abandonado, el mar se convertirá en amenaza), está sentada en una heladería de la costa bajo la enorme efigie publicitaria de una langosta; al fondo, en contraste con esa familia que se rompe, hay una boda popular con música y bengalas, y entre las dos está la joven soltera que acaba de perder a su bebé. Después sabremos que sólo esa muchacha solitaria logra traer algún consuelo y equilibrio entre las esperanzas y los derrumbamientos.

El pasado siempre se ve mejor en blanco y negro, ese nombre que les damos a los infinitos tonos del gris.

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