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Rubio y el regreso a la normalidad

10 de septiembre de 2026 - 09:33 a. m.

El secretario de Estado de Biden, Antony Blinken, visitó Bogotá en octubre de 2021, con Iván Duque, y volvió en octubre de 2022, cuando Gustavo Petro llevaba dos meses en la Casa de Nariño. Dos visitas en dos años y después no volvió. La relación con Estados Unidos, entonces, no nació rota. Conviene recordarlo, porque la narrativa de cuatro años de abandono no coincide con los hechos.

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Lo relevante, entonces, no es cómo empezó la relación, sino cómo terminó. El secretario de Estado llamó a consultas al encargado de negocios en Bogotá después de declaraciones del propio Gobierno colombiano. El presidente de Colombia se quedó sin visa y terminó incluido en la lista OFAC. El país fue descertificado en la lucha antidrogas, mientras los cultivos ilícitos alcanzaban máximos históricos. Y llegaron los aranceles del 12,5 %, que golpean a sectores como las flores y las manufacturas. Ese es el arco completo: de la visita del secretario de Estado al retiro del diplomático.

Y no lo digo yo, Rubio lo resumió en Barranquilla con una frase tan diplomática como demoledora: “Pasamos una época no natural en nuestra relación”. No natural, la expresión es perfecta. Colombia y Estados Unidos llevan un siglo discrepando, negociando e incomodándose. Pero lo anómalo fue convertir la discrepancia en ruptura y la política exterior en una extensión de la agenda personal del presidente.

Por eso la visita de Rubio a Barranquilla es tan importante. No por la foto, ni por la anécdota de la boda en Florida, ni por la comida en la casa del presidente. Importa porque un secretario de Estado no viaja a Colombia apenas un mes después de una posesión sin una decisión política detrás. Y porque volvimos a la mesa donde se discuten asuntos que nos afectan directamente, como la reconstrucción tras el terremoto, los aranceles, los minerales críticos y la certificación.

Viene entonces la predecible objeción de Iván Cepeda: que esto convierte a Colombia en una reserva energética de Estados Unidos y que cedimos soberanía. Léanse los documentos. El memorando sobre minerales críticos y tierras raras no cede un solo derecho de explotación. Crea un marco de cooperación en cadenas de suministro. El de energía nuclear civil abre un diálogo técnico. Ninguno deroga el Código de Minas ni la Constitución. Confundir cooperación con entrega sirve para un trino, pero no resiste un análisis serio.

Sobre el Escudo de las Américas y el regreso de la fumigación, la pregunta correcta no es de quién es la agenda, sino de quién es el problema. El narcotráfico financia al Clan del Golfo, a las disidencias y al ELN. Combatirlo con inteligencia, radares y drones estadounidenses es sensato. Rechazar esa cooperación por dogma antiimperialista es ignorar que el problema también es nuestro.

Queda mucho pendiente y no hay que disimularlo. Los aranceles siguen vigentes. El consulado de Barranquilla sigue cerrado. La certificación en la lucha antidrogas volverá a decidirse el año entrante. Pero Rubio fue claro: en el último mes ha visto más acciones concretas contra las bandas criminales que en los cuatro años anteriores. Es un elogio condicionado y así hay que leerlo.

Sin embargo, exigirle a una primera reunión que resuelva todo es una trampa retórica, pues las relaciones internacionales no se reparan en una tarde. Se reparan restableciendo confianza, y la confianza se restablece cumpliendo.

De ahí una advertencia importante. Lo que se construye sobre memorandos y afinidades políticas puede deshacerse con la misma facilidad. Ya vimos esa película. Si esta alianza va en serio, hay que institucionalizarla y convertir los entendimientos en acuerdos capaces de sobrevivir al calendario electoral. Volvimos a la normalidad. Ahora hay que hacerla durar.

Por Santiago Vélez Posada

Abogado de la Universidad Externado de Colombia y empresario. Ha trabajado en temas de derecho, comercio internacional, emprendimiento y comunicación digital. Escribe sobre política, opinión pública y cultura. Vive en Medellín.
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