Saber hablar

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En algunas de las entrevistas realizadas al profesor israelí Yuval Noah Harari hay una pregunta repetida: ¿por qué vive sin un celular inteligente y sin redes sociales? Dice que la atención es su recurso más valioso y “un celular intenta llamarla constantemente”. En Medellín y Bogotá hay dos líderes con muchos empleados y sin redes sociales. Uno de ellos dijo hace varios meses: “Al no haber tonos ni gestos, hay que ser cuidadoso con lo escrito y no estoy seguro de si puedo hacerlo”.

Estas ideas sobre las palabras y su uso en redes sociales surgen a propósito de la polémica reciente en la que está involucrado el alcalde de Medellín, Daniel Quintero, y en la que es acusado de abuso sexual. Con el lenguaje amenazante o bélico que a veces usa, escribió en Twitter días antes y a propósito del relato de una mujer sobre maltrato de la policía local: “Vamos a hacer las investigaciones correspondientes para determinar si hay policías involucrados en estos hechos. Sin embargo, también seremos drásticos si se trata de falsas denuncias”. Varias personas manifestaron su molestia porque al escribir “drásticos” y “falsas denuncias” puede entenderse como una desacreditación o amenaza a la víctima.

Después de conocido un artículo donde otra mujer contó su caso con el alcalde, él escribió en Twitter: “Ataques desde cuentas falsas (sic) no son contra mí sino contra la honra de mis tres mujeres”. La molestia surgió de nuevo. En una historia local de mujeres invisibles o que asumieron la vida de hombres cercanos o ajenos, escuchar una frase como esta nos devuelve años en la adquisición de libertades. Antes de su campaña, Daniel Quintero creó desconfianza y perdió electores por sus declaraciones en Twitter sobre Hidroituango: “Es un proyecto fallido lleno de corrupción y mentiras. Filtración de agua por base de la presa solo llama a presagiar lo peor”.

Cuidar las palabras porque al igual que las plumas es difícil capturarlas una vez se dicen o se lanzan al viento, dice un cuento jasídico. Los filósofos de la Antigüedad como Platón y Aristóteles dedicaron parte de su vida a tratar conceptos y la forma de expresarlos. Porque son el preámbulo de la realidad, reflejan nuestras creencias, inspiran, son ejemplo y construyen. O lo contrario. Líderes como Barack Obama, Justin Trudeau, Angela Merkel o Jacinda Ardern son conscientes de la importancia de ellas y, junto a un equipo de asesores expertos y prudentes, escriben discursos o planean intervenciones y silencios en el momento oportuno. Si escriben en Twitter lo hacen para informar, inspirar o invitar. El resto de asuntos los asumen en las instituciones, en las cortes, con la justicia, frente a las personas, cara a cara. Como espera uno de los líderes. Daniel Quintero lleva un poco más de seis meses de mandato y ya acumula varias polémicas. En parte, por lo que dice, escribe (al estilo Trump, respondió “FAKE” a un periodista) o deja de decir en momentos importantes (esto último, en el caso de Guillermo Zuluaga).

En la Universidad de Cornell, el profesor de literatura Vladimir Nabokov enseñó lo siguiente a la magistrada de la Corte Suprema estadounidense y defensora de los derechos de las mujeres Ruth Bader Ginsburg: “Elegir la palabra y el orden correcto puede marcar una diferencia al transmitir una idea”. Ojalá esto puedan tenerlo en cuenta gobernantes como Daniel Quintero.

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