Por: Jorge Gómez Pinilla

“Salud y ataúd”, rectifico. Y ¿qué hacer con la vejez?

El pasado 7 de febrero publiqué una columna titulada "Salud y ataúd, ahora en combo dos por uno", donde manifestaba mi extrañeza frente a un “Plan de prevención exequial integral” promovido por Colsanitas entre sus afiliados a medicina prepagada. Lo extraño o sorprendente residía en ver a una empresa cuya misión es la preservación de la salud de sus pacientes… ofreciendo servicios funerarios. (Ver columna).

Cuando pregunté a Colsanitas, respondieron: “Se trata de un beneficio GRATUITO que la Empresa les otorga a partir de este año a todos sus afiliados”. Yo no creí lo de la gratuidad, y en tal sentido escribí que “lo único gratuito es la inscripción. Lo que hace Colsanitas es ‘direccionar’ al cliente hacia un proveedor determinado, con el cual establece un convenio de tipo comercial, por supuesto, pues no se ha visto la primera empresa que le guste trabajar a pérdida”.

Hoy tengo claro que el servicio sí es gratuito, y lo constaté luego de aceptar invitación a sus oficinas por parte del presidente ejecutivo de Colsanitas en Bogotá, Ignacio Correa Sebastián, y su vicepresidente comercial, Franck Harb (el primero español y el segundo sanandresano), poseedores ambos de un profundo respeto por las opiniones ajenas, motivo por el cual fue posible sostener una amena conversación, no solo en temas de salud.

Allí entendí por qué Colsanitas decidió embarcarse en el ofrecimiento de un servicio exequial, como valor agregado al plan de atención que cobija a sus usuarios, y a sabiendas de que la presentación de su “producto” habría de generar las prevenciones que precisamente motivaron mi columna.

En palabras de Ignacio Correa, “sin costo adicional a su cuota de medicina prepagada, la Previsión Exequial les permite a nuestros usuarios vivir su proceso de duelo sin tener otro tipo de preocupaciones. Los servicios exequiales completos se prestan sin límite de edad, incluyendo la movilización desde el lugar de fallecimiento hasta la ciudad o municipio del destino final a nivel nacional, una red exequial con cobertura en todo el territorio y la oportunidad de escoger entre cualquier funeraria o centro memorial de la red de Prever S.A.”.

Haciendo honor a la verdad, digamos entonces que en términos de calidad o eficiencia (entendida incluso como ‘fidelización’ más allá de la tumba) se anotan un punto, tras ser superado el resquemor que podría producir que “una empresa dedicada a preservar la salud de sus pacientes pretenda también lucrarse con la muerte de ellos”.

La anterior frase entre comillas fue lo que opiné en su momento, pero es de caballeros reconocer que estaba equivocado en lo de ver a la empresa generando una nueva fuente de ingresos mediante la prestación de servicios funerarios. No es cierto, pues tanto la inscripción como los servicios exequiales al momento del óbito son gratuitos, no representan un costo adicional para la familia del suscriptor fallecido.

Sea como fuere, el propósito que me animó a escribir la columna siempre fue acertado y legítimo, pues apunta a una obligada reflexión sobre un tema ineludible en nuestras vidas: la muerte. Y previa a esta la vejez, esa engorrosa ‘compañía’ que en forma lenta e inexorable nos aproxima al último instante de nuestras vidas, después del cual permanece la maldita incertidumbre de saber qué nos espera al otro lado, en consideración a que nadie ha regresado de allá para contarnos.

¿Qué hacer con la vejez? De la respuesta asistencialista habla Franck Harb para referirse al plan de Cuidados Paliativos de Colsanitas, el cual desemboca “por lógica simple y humana” en la cobertura de exequias. Cuidados paliativos quiere decir cuidado de la tercera edad, la de los sanos y de los que requieren atención domiciliaria, que ellos brindan.

Pero falta la respuesta existencial, la del que se pregunta a sí mismo qué hacer con su propia vejez. “Vejez es sinónimo de soledad”, dice Harb, saliéndose del libreto. Esto se traduce en que la vejez es aprender a sobrellevar no solo la carga del olvido (por ejemplo, de la familia que te abandona), sino el deterioro de tu propio cuerpo, al punto de temerle a seguir mirándose al espejo que te devuelve unos ojos alarmados —casi ofendidos— por la huella del tiempo en el rostro, para no ir más abajo.

Tal vez la única sabiduría posible es la del hombre o mujer que habiendo llegado a la vejez acepta la inminencia de la parca, y en tal medida dedica la vida que le queda al aprendizaje de la más grande verdad posible, la de su propia muerte. No soy viejo ni así me siento, pero sí comienzan a percibirse pasos de animal grande, o sea la proximidad de lo que el poeta León de Greiff definía como esa “señora muerte que se va llevando / todo lo bueno que en nosotros topa”.

En consonancia con lo anterior, las empresas prestadoras de servicios de salud deberían desarrollar también planes de ‘mercadeo’ que incluyan brindarles a los viejos y a los ancianos un trato privilegiado, tan privilegiado como el que Colsanitas ha comenzado a brindarles a sus muertos.

Mejor en vida que difuntos. Si todos hemos de morirnos, que mientras estemos vivos tengamos al menos las condiciones elementales requeridas para afrontar una vejez llevadera y recibir la muerte con dignidad, cara al sol y frente en alto.

DE REMATE: La señora Christine Lagarde, presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), tiene 60 años y piensa que "los ancianos viven demasiado, son un riesgo para la economía global. ¡Hay que hacer algo ya!". En tal dirección reclama medidas drásticas, como el recorte de las prestaciones o aumentar la edad de jubilación, para “evitar el riesgo de que la gente viva más de lo estimado”. Moraleja y conclusión: el FMI nos quiere matar… del susto.

En Twitter: @Jorgomezpinilla

http://jorgegomezpinilla.blogspot.com.co/

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Jorge Gómez Pinilla

Petro o el arquitecto Vélez: ¿quién miente?

Zapatoca y Girón, tan cerca y tan lejos

El fiscal general y la llamada delatora

El aviso de la debacle

Objetivo: sacarle billete a un magnicidio