Por: Brigitte LG Baptiste

Salvar manatíes

Las imágenes de decenas de pescadores artesanales de Aguachica enlodados en medio de las pozas secas en las que quedaron atrapados varios manatíes reconforta. Hace años la decisión no hubiese sido salvarlos con ese esfuerzo monumental que implica sacar y trastear a pulso animales de 200 kilos: su carne alimentaría muchas familias necesitadas durante el pico de la sequía, cuando ya la subienda ha pasado. Se hizo evidente que la acción colectiva y la consciencia ambiental tienen el poder de salvar la vida silvestre con el apoyo del resto de la sociedad, incluso en condiciones de extrema pobreza. La Fundación Omacha (que sabe de manatíes), el Ejército colombiano, Corpocesar y el Ministerio de Ambiente hicieron todo lo posible para facilitar la operación. Se puede…

Al tiempo, empezó a llover en el Magdalena Medio, como si las fuerzas misteriosas de la naturaleza hubieran escuchado la angustia de los peces, los manatíes o los chigüiros que mueren masivamente en épocas de El Niño, algo que sucede hace miles de años y debe interpretarse como un fenómeno normal en la ecología colombiana. Pero la acción de los pescadores nos obliga también a reconocer que esa normalidad cambió y ya no existe, pues los seres humanos hemos construido nuevos factores de vulnerabilidad ambiental, algo para lo cual la fauna silvestre no está adaptada. Somos el peor factor de selección en la evolución de la vida planetaria, de ahí que la gestión activa de la biodiversidad sea una necesidad creciente y requiera de los esfuerzos concertados de todos.

Nos regocijamos con el rescate de nuestros grandes mamíferos acuáticos, poco conocidos por un público que insiste en defender los hipopótamos introducidos por el narcotráfico, letales. Afortunadamente la Confederación de Pescadores Artesanales de Colombia, constituida hace apenas un año, ratifica su intención de restaurar y recuperar un gran territorio que se conoce hoy como el “Corredor del Manatí”, un espacio de ciénagas amenazadas por la contaminación del río Lebrija, ya que Bucaramanga pelea por el agua limpia del páramo de Santurbán pero no la limpia después de defecar en ella. Otro aspecto positivo es que cultivadores de palma y ganaderos de la región han llegado a acuerdos de gestión del territorio que incluyen cesiones de tierra para recuperar la funcionalidad ecológica de las cuencas, adopción de buenas prácticas e innovación productiva para pescadores interesados en seguir el ejemplo de las comunidades de Cispatá, foco del reciente debate acerca de la colecta de huevos silvestres de caimán para su eventual reproducción en cautiverio. Economía circular, proponen: las babillas, por ejemplo, son el mejor consumidor de los restos de los mataderos y de la industria de los pollos, cerrando el circuito que conectaría biodiversidad con producción animal. Las colitas de babilla, por otra parte, son un manjar.

Colombia está llena de oportunidades para hacer acuerdos territoriales para la conservación y el desarrollo sostenible, no hay contradicciones esenciales entre las múltiples formas de hacer gestión de la biodiversidad con participación justa y equitativa de las comunidades locales siempre y cuando se cumplan con requisitos como los que la comisión de expertos del “fracking” recientemente sugirió. Gestión ambiental siglo XXI.

 

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