Por: Luis Carlos Vélez

Santos, el odiado

Juan Manuel Santos cumplió lo que prometió: se hizo elegir bajo la premisa de que acabaría a las Farc y lo logró. Práctico, determinado y sin desviarse, trabajó intensamente para firmar un Acuerdo de Paz con esa guerrilla y desarticularla como una organización al margen de la ley. Esa es la verdad. De ahí a cómo lo hizo, a quién traicionó y si eso salió del todo bien, es otra historia.

Durante su Gobierno tuve la oportunidad de entrevistar al mandatario en varias oportunidades. Siempre me dio la impresión de ser un hombre cauto, estratégico y consciente del mensaje que quería enviar; algo que muchas veces derivó en críticas por la falta de cercanía de sus comunicaciones.

Tras ocho años de gobierno, Santos termina en sus mínimos de popularidad, pero a la luz de sus logros, como la firma de un Acuerdo de Paz con la guerrilla más vieja de América, un Nobel de Paz, 2.700 kilómetros de carreteras, 75 terminales portuarias mejoradas, 91 aeropuertos intervenidos, 273 nuevos puentes, desempleo de un solo dígito y una mejora destacada en la percepción internacional, es apenas justo preguntarse por qué tanto descontento con su mandato.

Santos, formado en EE.UU. y en Inglaterra, parece haber absorbido en demasía, para Colombia, la practicidad anglosajona, algo que cae muy mal por nuestras tierras. Llamar las cosas por su nombre, no ir más allá de lo estratégico y ser limitado en elogios pudo sumar en su percepción de antipatía y frialdad.

Hace seis años tuve la oportunidad de asistir a una intervención de Santos en Nueva York. Ante un auditorio principalmente de periodistas internacionales y académicos estadounidenses, el presidente explicó su proceso de paz. Salió ovacionado. Su lógica argumentativa y claridad de objetivos ese día me dejó claro que el presidente es mejor en inglés que en español, pero no porque lo hable muy bien, que lo hace, sino porque se trata de dos maneras de expresarse que frecuentemente se comprenden de maneras opuestas de acuerdo al público.

Puesto en una cámara al vacío, sin la oposición efectiva e inquebrantable de Álvaro Uribe ni las reformas tributarias del ministro Mauricio Cárdenas, Santos tendría mejor recibo en Colombia. Creo sinceramente que la historia será mucho más benévola con él de lo que lo es en la actualidad. Si el proceso de paz logra sobrevivir, su implementación se corrige y su bandera sale del secuestro que sufre actualmente por parte de la izquierda y se convierte en un objetivo de Estado, Santos pasará a la historia como un gran reformador.

Por lo pronto, para que Santos cruce el umbral hacia el reconocimiento interno pasarán décadas. Deberá emplear su practicidad anglosajona y aguantar todos los rayos que se vienen y entender que cualquier cosa que se diga a su favor, como esta columna, recibirá ataques e insultos. Como dicen en la calle, hoy Santos puede salir en público con Jesús de Nazareth y a los dos les van a tirar piedras. El pronto exmandatario tendrá que saber esperar y ojalá lo haga sin que sus hijos vuelvan a trinar.

 

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