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Sarkozy vs. la República

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Juan Gabriel Vásquez
22 de febrero de 2008 - 12:25 a. m.
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Así va el mundo (y también el periodismo). Nicolas Sarkozy, el presidente más exhibicionista en la historia francesa, comienza a ser visto en público junto a una modelo y cantante o cantante y modelo; semanas después la opinión pública se entera de que son pareja; y la prensa de todo el mundo se vuelve loca con el asunto.

Todo esto pasa casi un mes después de un discurso pronunciado en Saint-Jean-de-Latran, frente al papa Benedicto XVI. No voy a ser yo quien se rasgue las vestiduras ahora por los intereses de la prensa; pero no deja de inquietarme que a estas alturas los lectores de todas partes sepan perfectamente quién es Carla Bruni y en cambio ignoren que Sarkozy, en un discursito de nada, amenazó con echar abajo una de las conquistas más importantes de la democracia occidental, y en particular de una institución a la que Latinoamérica debe no poca cosa: la República francesa.

El desmantelamiento de la República (la frase no es mía, sino de algunos escritores franceses que me escriben genuinamente preocupados) tiene varias caras. Por supuesto que no estoy hablando de la personalidad de Sarkozy, que es sólo la confirmación de una tendencia en la política universal: la matonería. No estoy hablando de esa especie de idolatría malsana que siente por Bush, ni del alma de pandillero que lo llevó a enfrentarse una vez con un pescador que le hacía reclamos: “¡Baja si te atreves!”. Por supuesto que al decirlo estaba rodeado de varios guardaespaldas armados —así es muy fácil lanzar amenazas—, y por supuesto que no era la primera vez. Siendo ministro del Interior, Sarkozy había llamado “gentuza” a los habitantes de las banlieues parisinas; cuando otro ministro criticó esa actitud en público, Sarkozy lo llamó por teléfono. “¡Eres un cabrón, un desleal!”, le dijo. “Te voy a romper la cara”. Y luego dicen que Uribe no aprende de las democracias europeas.

En fin: hablemos del discurso.

El discurso de Saint-Jean-de-Latran es apenas la superficie de una de las obsesiones de Sarkozy: el regreso de la religión al centro de la vida social y política de los franceses. Para un país que lleva dos siglos celebrando como una de sus conquistas más arduas la separación entre Iglesia y Estado, y que ha servido de ejemplo a medio mundo sobre cómo un gobierno laico es la mejor manera de garantizar la libertad religiosa a cada individuo, las palabras del Presidente son preocupantes. Sarkozy se mete con cosas generales, como la historia: en Latran habló de las “raíces esencialmente cristianas de Francia”. Se mete con cosas particulares, como la educación: “En la transmisión de valores y en el aprendizaje de la diferencia entre el bien y el mal, el profesor no podrá nunca reemplazar al cura, porque siempre le faltará el sacrificio de su vida”. El discurso se mete, en resumen, con el laicismo. Es un ataque al laicismo.

Y eso es problemático. Es evidente que Nicolas Sarkozy tiene derecho, como ciudadano, a pensar y creer lo que quiera; pero cuando habla como jefe de un Estado laico, sus convicciones católicas deben ceder el lugar a las convicciones de la Constitución y la ley de su país. El laicismo consiste en la prohibición al Estado de tomar partido por una u otra creencia religiosa. Sarkozy y los suyos creen que el laicismo es enemigo de su religiosidad, cuando la verdad es la contraria: es precisamente por prohibir al Estado la participación en la vida religiosa que el laicismo garantiza a cada individuo el derecho a practicar la religión que quiera. Es más: es gracias a las conquistas del laicismo francés que Sarkozy no ha tenido problemas para divorciarse de su antigua mujer y casarse con Carla Bruni. No ha tenido que cortar con el Vaticano, como lo hizo Enrique VIII, ni ha tenido que arrodillarse ante el Vaticano, como lo hizo Rafael Núñez. Pero a ver quién se lo explica.

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