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¿Se abrió la ventana?

Francisco Gutiérrez Sanín

10 de diciembre de 2009 - 11:04 p. m.

¿HAY ALGUNA DIFERENCIA ENTRE la política exterior de Obama y la de Bush? Muchos desencantados han empezado a sostener que son idénticas.

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En realidad hay, como era de esperarse, tanto continuidad como cambio. Los dos grandes eventos en los que próximamente estará Obama —la recepción del Premio Nobel de Paz y la conferencia de Copenhague— simbolizan poderosamente uno y otro aspecto. En Afganistán, el presidente norteamericano sigue portándose como un halcón, pese al premio profiláctico —una nueva categoría en el mundo de la meritocracia— que le concedió la academia sueca. En Copenhague, en cambio, podremos ver cómo se adopta un nuevo rumbo medio ambiental, pese a una fuerte oposición interna.

También en un terreno en el que están en juego nuestros intereses vitales como nación, y los de nuestras generaciones futuras, el de la llamada guerra contra las drogas, comenzamos a ver señales realmente importantes. En estos días la Cámara de Representantes gringa decidió crear una comisión de notables para evaluar los resultados de dicha guerra. La pregunta fundamental que guiará a la comisión parece ser: ¿cuál es la relación costo-beneficio? En el caso colombiano, la respuesta es devastadora. No solamente el narco ha actuado como uno de los principales combustibles del conflicto, sino que degradó nuestra vida pública y debilitó críticamente nuestro Estado. Cierto: sería ingenuo sugerir que la historia colombiana fue amable y tranquila hasta que apareció el factor narco. Pero sería igualmente ingenuo no darse cuenta de que éste produjo un cambio cualitativo, creando nuevos problemas, envenenando otros, y haciendo que ciertos conflictos adquirieran un carácter intratable.

Aunque de naturaleza global, la guerra contra las drogas fue una construcción política, y la única manera de cambiarla y domesticarla es por la vía de la política. E, insisto, hacerlo es, por mucho, nuestro primer problema de seguridad. Es un asunto que toca directamente con el futuro de nuestro Estado. Se trata de La gran prioridad. Mientras escribo esto, nuestro gobierno —que ya se acostumbró a transitar en contravía por autopistas de alta velocidad, basado en la creencia insensata de que como no se estrelló ayer no se estrellará mañana— penaliza el consumo individual y se apresta a desenvolver su genial política basada, me imagino, en que cientos de policías gasten su tiempo en miles de ciudadanos que son pequeños consumidores privados para llevarlos a los bizarros tribunales terapéuticos. Esto, en un país que debería optimizar el tiempo de los miembros de su Fuerza Pública, pues enfrenta enormes desafíos armados, entre otras cosas debido a su articulación al mercado mundial de la cocaína.

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La decisión de la cámara baja gringa representa una enorme oportunidad. Independientemente de que el Gobierno se mueva en la dirección correcta, las proverbiales fuerzas vivas de la sociedad colombiana deberían correr a cogerle la caña a la propuesta, y buscar convertirse en interlocutores válidos de aquella comisión. Y nosotros deberíamos votar sólo por quienes no desaprovechen las grandes oportunidades históricas. No se deje, estimado lector, escamotear alegremente el futuro de sus hijos y nietos.

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