Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

¿Ser colombiano?, ¿qué es eso?

No somos ni un acto de fe, como ofrece una explicación rápida de un cuento de Borges acerca de qué significa ser colombiano, ni la decisión de Arturo Cova de haberse ido a la inextricable selva para escapar de un destino funesto, porque, al fin de cuentas, hemos jugado el corazón al azar y la violencia nos lo ha ganado. Tampoco somos un sueño de Bolívar ni la república que avizoró Santander. Ni siquiera, por lejana, la última utopía liberal de un país sin utopías, como se nota en María de Jorge Isaacs. ¿Qué somos entonces?

Ser colombiano puede estar ligado a la desazón suprema de llevar en las sangres derramadas un resentimiento. Un odio permanente. Un estigma. O quizá la misma pezuña del diablo. Puede ser, por qué no, la creencia en múltiples vírgenes que van desde la de Chiquinquirá a las de advocaciones adoradas por ciertos mafiosos. O el llamado a matar coreando, en años de oscuridades, el “tú reinarás”. Lo que sea, parece que somos indescifrables.

Si se ofrece paz, estamos de inmediato pensando en cómo destrozarla. O, como se ha dicho en últimas consignas, volverla trizas. Y si es la guerra la opción, también estamos dispuestos a generarla, prolongarla, porque parece dar réditos a unos cuantos y abundantes muertes a unos muchos, que son, siempre, los de abajo, para recordar en este momento a un escritor mexicano.

Sí, claro, hoy somos la consecuencia de la Guerra de los mil días (la misma que acabó con el liberalismo para siempre), el robo de Panamá, la danza de los millones, la masacre de las bananeras, los estudiantes asesinados en manifestaciones, la violencia liberal-conservadora que causó trescientos mil muertos (tal vez más), las amnistías incumplidas, el excluyente Frente Nacional… A diferencia de un bolerito, no somos un sueño imposible. Somos la pesadilla.

Somos, así parece, la secuela de no haber tenido una reforma agraria y el despojo a miles de campesinos que pasaron a ser los “sin tierra”. Somos una mala repartición. Somos los bombardeos a Marquetalia y una “pacificación” de algún ebrio presidente, cazador ultramontano, que consistía en dar bala y negar la tierra para los que la trabajan. De aquel desmadre, surgió Tirofijo, por ejemplo.

Somos, quizá, Sangrenegra y Efraín González y Chispas y decenas más de bandoleros. Como alias Desquite, a quien Gonzalo Arango le escribió una elegía: “Lo mataron porque era un bandido y tenía que morir. Merecía morir sin duda, pero no más que los bandidos del poder”. ¿Qué es ser colombiano? Somos una rara mezcla de violencias y sueños frustrados, de poderes que lo han consumido todo y de muchas víctimas. No somos la “mezcla milagrosa” del tango discepoliano, sino la trágica conjunción de villanías de élite y atrocidades contra un pueblo que tarda en revolucionar sus miserias.

Somos más de la guerra que de la paz. Se dirá, por qué no, que la paz es una instancia superior, a la que se accede con justicia, con equidad, con hacer que “todos tengan el modo de tener modo”. Somos, después de todo, parte de una horrenda descomposición, de un ejercicio siniestro de carteles, de un imperio llamado narcotráfico y de las visiones y mandatos excluyentes de una minoría desalmada, que cabalga a placer no solo sobre la ignorancia de infinita gente sino a horcajadas de un pueblo domesticado por las armas.

¿Importará algo qué significa ser colombiano? Sí, es probable que nada importe. Puede ser estar a las órdenes pervertidas de unos cuantos hacendados, banqueros, magnates, politiqueros… de unos cuantos que se creen la reencarnación de viejos próceres y hasta la versión risible —y horrorosa— de un subdesarrollado mesías tropical. Puede ser estar siempre presos por los dictados de la violencia que, con todo, no ha parido sino desventuras.

Tal vez algunas literaturas sean las que mejor nos han definido. Estamos, parece, condenados a padecer muchos años de soledad, de desequilibrios sociales, de espanto. Y cada vez estamos más alejados del acceso a una “segunda oportunidad sobre la tierra”. Y la impresión, un tanto emotiva, es que hay que destruirlo todo para construirlo todo.

Ser colombiano es estar inmersos en el fuego, en todos los fuegos infernales. Tenemos nuestra propia pira de inquisiciones. Y no falta quién pregunte por qué permitimos que una minoría (puede ser la misma desde hace doscientos años) nos trace nuestro camino con injusticias y otras vilezas.

No sé qué es ser colombiano. Aquí vuelvo al profeta nadaísta y su elegía, que sigue cuestionándonos: “Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir? Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas”.

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