Por: Héctor Abad Faciolince

Si no se va no se ve

Hace poco asistí a la conversación entre una mujer de 94 años y otra de 86. La más joven se quejaba de que los plátanos maduros ya no eran tan buenos como antes; no estaban en su punto ni tenían el tamaño adecuado. La más vieja decía, en cambio, que a ella le parecía que estaban iguales e incluso mejores que siempre. La menos vieja anotó: “no sé, es que por más que les insisto, me mandan siempre plátanos muy malos”. La mayor tuvo un sobresalto: “¿y es que no vas personalmente a escogerlos al mercado?”. Y la menor: “ya no, con este problema de cadera, yo solo salgo cuando mis hijas me sacan…”. La menos joven: “ni que no hubiera caminadores; además el mejor caminador es el carrito del mercado; yo hasta compré un carrito de mercado para andar por mi casa y lo llevo a todas partes”. En efecto, la señora mayor había llegado hacía poco a la reunión apoyada en un carrito de mercado; adentro llevaba un suéter, un libro, la cartera, la costura y un manojo de plátanos que había traído de regalo.

Sin duda el telemercadeo, los Rappi, las tiendas tipo Amazon, los drones que dentro de poco nos traerán pizzas y libros a domicilio, representan una gran comodidad. Pero eso de no salir de la casa y que todo nos lo traigan es también una trampa. Las reuniones por Zoom y por Skype, los grupos de Whatsapp, las librerías virtuales, la música en Spotify, las películas en Netflix, la ópera en casa, todos los embelecos mágicos del mundo contemporáneo, al mismo tiempo que nos facilitan la vida, nos alejan también de la vida: de la vida en vivo, de la vida caliente. Los mamíferos tenemos la mala tendencia a ser sedentarios: solo nos mueven el hambre y las ganas de copular. Si nos traen la comida a la cama y el sexo a la pantalla, corremos el riesgo de no salir nunca del cuarto, como gatos cebados y castrados.

Hace muchos años estuve en Mendoza, Argentina, buscando un poema. Estando en esa búsqueda asistí a la discusión entre un verdulero y una de sus clientas. La cliente le decía que se había mudado más lejos, pero que le gustaban sus legumbres, que por qué no ponía un servicio de delivery (como les dicen en Argentina a los domicilios). El verdulero le contestó: “señora, es que yo vivo de sus tentaciones y no de sus necesidades”. Exactamente eso es lo bueno de ir a una librería, en vez de comprar los libros por Amazon: que no compramos solo lo que fuimos a buscar (lo que la publicidad nos invita a consumir), sino que nos antojamos de cosas que no sabíamos que queríamos o ni siquiera que existían.

En el mundo contemporáneo nos lo dan todo masticado, precocido, incluso predigerido. Hace poco Fernando Trueba me contó la anécdota de la producción de sonido de un disco que acababa de grabar. El sonidista había hecho un trabajo impecable. Había suprimido todos los titubeos, los pequeños ruidos, las mínimas imperfecciones que se oían en la interpretación de Bebo Valdés. El resultado era perfecto, sí, pero ahora carecía de vida. Por eso le pidió al mezclador de sonido que fuera menos estricto, que dejara sentir lo humano. Eso es lo que nos falta ahora, cuando ya no vamos a los conciertos, sino que oímos todo perfectamente mezclado en la casa. Desaparecen la improvisación, el error, el cambio de ritmo que obedece a una emoción, a un énfasis sentimental del momento. Como el VAR en el fútbol, que suprime (al menos en mí) algo importante: la abominación por los errores del árbitro, las picardías del enemigo. El fútbol es mejor cuando se parece a la vida, que es imperfecta e injusta.

Todo esto para explicar el título de este artículo: si no se va no se ve. Si nos acostumbramos a hacerlo todo desde la casa, sin movernos, virtualmente, nos vamos a perder la mitad, mucho más de la mitad de la vida. Los libros que no sabíamos que queríamos leer, los cuadros que no son iguales en foto que en directo, los partidos, los conciertos, los sabores auténticos, las tentaciones, los plátanos buenos. Así de simple, así de triste.

Le puede interesar: "Vía al Llano: crónica del abandono a una región" 

 

869555

2019-07-07T00:00:15-05:00

column

2019-07-07T19:24:49-05:00

[email protected]

none

Si no se va no se ve

22

4446

4468

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Héctor Abad Faciolince

El animal que nos mira

Una novelista santa

Colombia en bicicleta

La melancolía del “hikikomori”

Regalos de Quebradona