Por: Eduardo Barajas Sandoval

Siete décadas de incomprensión

Con episodios llenos de peligro, sigue vivo el drama de la separación de India y Pakistán. La decisión de ubicar en territorios diferentes a las comunidades hindú y musulmana, al momento de la independencia, buscó arreglar las disputas de entonces, pero abrió paso a una confrontación que, entre caliente y fría, lleva más de setenta años. Enfrentamientos verbales, escaramuzas y escaladas en tono de guerra, mantienen activos los elementos de un conflicto que amenaza con durar otro tanto, o más.

Todo comenzó con la dolorosa migración forzada de millones de musulmanes, que dio nacimiento a Pakistán y Bangladesh, que al principio eran una sola república de musulmanes separada por mil seiscientos kilómetros de tierra india. La violencia religiosa desatada en el subcontinente, que desbordó los esfuerzos del mismo Gandhi, dejó sentadas las bases de un problema de nunca acabar, que se ha concentrado en la disputa por la región de Cachemira.

Como uno de tantos reinos en los que, desde antes del dominio británico, se dividía esa parte del mundo, el de Cachemira, que a su vez había sido la suma de reinos más pequeños, fue escenario del avance impetuoso del islam. Así, a la hora de la división de la India, su población era mayoritariamente musulmana, aunque alojaba minorías de hindúes y de sikh, los del turbante que oculta el pelo de toda una vida, sin recortar, como signo de respeto por la obra de la creación. Para entonces, la Provincia de Jammu - Cachemira estaba gobernada por un Maharajá hindú que consintió adherir a la India, a cambio de protección ante la amenaza de guerrillas islámicas,

En el mismo año 1947, una avanzada de los musulmanes, en reclamo del control de toda la Provincia, provocó la primera guerra indo-pakistaní, que terminó con un cese del fuego patrocinado por las Naciones Unidas. Acuerdo que, en la práctica, dividió la región en dos sectores, separados por una “Línea de Control” que separa los espacios bajo dominio e influencia de cada una de las partes, que mantienen la aspiración de hacerse a la totalidad del territorio.

Como parte del arreglo de adhesión, India le había conferido a la Provincia un status especial que implicaba la posibilidad de contar con su propia Constitución, dentro del marco de la Unión India, usar una bandera con sus distintivos y administrar sus asuntos internos con un elevado nivel de autonomía. Pakistán, por su parte, luego del cese de hostilidades, organizó las cosas de manera equivalente, en los terrenos bajo su ocupación, al oeste de la Línea de Control.

Las cosas, no obstante, jamás se quedaron quietas. La tensión ha sido permanente. Los dos países han protagonizado todo tipo de movimientos y acciones, desde la amenaza hasta la guerra, pasando por frecuentes acusaciones de violación del legendario cese del fuego. Actos terroristas se han perpetrado en uno u otro lugar de la Provincia, lo mismo que en India o Pakistán. Aviones han sido derribados, antes o después de bombardeos de hostigamiento contra “objetivos hostiles”. Todo acompañado de una confrontación de discursos, casi permanente, interrumpida por esporádicos encuentros de los gobernantes de Nueva Delhi e Islamabad, en busca de una negociación a la que nadie le ve futuro.

A diferencia de otros conflictos regionales, todo el drama se ha desarrollado a la sombra del fantasma del peligro de guerra nuclear, pues tanto India como Pakistán se preocuparon de proveerse del respectivo arsenal, pensando justamente en el país vecino. Fórmula de terror de grandes proporciones, pues resulta claro que ambas potencias podrían ser, a la vez, atacantes y víctimas de la agresión a la otra, y que no sería extraño que por ese camino se produjera la destrucción de buena parte de las dos.

Ahí están ahora, como en febrero de este año, y como en incontables ocasiones pasadas, otra vez en pie de guerra las dos naciones que alguna vez formaban parte de la India Británica, cuyo desmonte no fue en realidad un monumento a la sabiduría, la reconciliación o el éxito político o diplomático. Con el agravante de un elemento inédito, como es el anuncio del Primer Ministro Narendra Modi de desmontar el Estatuto de Autonomía antes mencionado, con el argumento de que, al ejercer el control provincial directamente desde el gobierno de Nueva Delhi, será posible contrarrestar, entre otras, las acciones de grupos rebeldes que, desde el interior de la misma Provincia, se oponen al dominio indio de la región.

Como suele suceder en los reiterados episodios propios de conflictos regionales, que se convierten en algo así como rituales, normalmente la crisis de ahora se debería superar, lo mismo que en ocasiones anteriores, sin confrontación abierta, ni bombas atómicas ni consecuencias catastróficas. Pero la abolición del status especial y la administración directa por parte de Nueva Delhi, pueden traer dificultades que se derivan de una fuente insospechada: la explicable resistencia local a un centralismo que depreda las ganancias de la autonomía que normalmente ayudan a sostener la fidelidad de las regiones que la disfrutan.

Los observadores del proceso esperan con cautela el desarrollo de los acontecimientos, más allá de las declaraciones, con la opaca posibilidad de saber qué pasa exactamente al interior de la Cachemira india, separada del mundo en virtud de un bloqueo de comunicaciones que puede ayudar lo mismo al control absoluto que a la molestia de quienes resienten que su autonomía haya sido recortada.

Ante semejante problema, viejo y endémico, no es fácil esperar arreglos extraordinarios, sino fórmulas de preservación de la convivencia, dentro de las diferencias. Y es justo en ese contexto en el que vale la pena reflexionar sobre una propuesta de Wajahat Malik, el aventurero paquistaní, director de cine, animador de televisión y entusiasta de todo tipo de expediciones, que sugiere que los jóvenes de India y Pakistán lideren acciones de encuentro y mutuo reconocimiento, que viajen al interior del otro país, y desarrollen una agenda de entendimiento de esas que surgen de manera espontánea, por encima de prejuicios, para que futuras generaciones, de ambas partes, sean capaces de avanzar hacia nuevas realidades de convivencia.

La propuesta, que tiene adeptos del lado indio, lleva la intención de que el resto de cada sociedad, y los gobiernos, sigan el ejemplo de los jóvenes. Fórmula como para ensayar en otros lugares del mundo, donde se quiera abandonar la construcción vetusta de prejuicios del pasado, para organizar con optimismo y transparencia la de un mejor porvenir.

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Siete décadas de incomprensión

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