Sin espacio para otro error

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Días de paro nacional con manifestaciones en las calles y carreteras de Colombia. Se afectan el comercio, la industria, el agro y, por consiguiente, la economía, el empleo y el cotidiano vivir. Al caído caerle, es el resumen de lo que está pasando.

Duque ha confirmado su incompetencia, pero sobre todo su falta de olfato y sentido común. Colombia está pagando el precio de haber votado “por el que diga Uribe”. La importancia del cargo, pero sobre todo la complejidad de este país demandan un gobernante con conocimiento y experiencia. Duque no fue ni ministro, ni director de nada, ni alcalde, ni gobernador, ni siquiera secretario en un pequeño municipio. Un funcionario cualquiera del BID que se hizo senador, sin un solo voto, en una lista cerrada que Uribe confeccionó a su antojo.

Por cuenta de Duque hemos llegado a una situación insostenible que nos lleva a exigirle -si se quiere, a suplicarle- que se deje ayudar, por lo menos en lo que resta de su ya agonizante gobierno.

Nunca se ha dejado ayudar, pues ha gobernado rodeado de un sector retrógrado y perseguidor que lo ha desconectado tanto de la realidad nacional, que ya ni los uribistas acceden a él, ni se lo soportan. Ha estado tan aislado en una casa estudio de TV, que su mandato ha resultado humillante para la mayoría de los ciudadanos que no solo en las calles y encuestas expresan su insatisfacción, sino en el diario vivir, es decir, en la discusión rutinaria al interior de los hogares.

En este escenario, no le queda a Duque sino llamar, pero convencido, a la unidad nacional. Convocar gente experimentada y con credibilidad que le ayude a concertar, “pero sin el afán propio de la prisa”, una hoja de ruta para salir del atolladero. Esto no puede limitarse a una “reunión de gobernabilidad” con los jefes de los partidos políticos para repartirse la burocracia. Se requiere un diálogo con los gremios, las regiones, la oposición más radical, los sindicatos y con las clases menos favorecidas, pues es evidente que todos marcharon para ser oídos y no nuevamente ignorados. Si no es así, Duque no habría aprendido nada este fin de semana.

El país debe entender que seguir dando palo político a Duque no nos conducirá a nada diferente a incrementar el desempleo y disminuir la capacidad estatal y empresarial para generar desarrollo y riqueza con el fin de solventar los grandes retos y desafíos que nos impone el momento, quizás el más complejo en lo económico y social que hayamos vivido en las últimas décadas, y, hay que decirlo, aún no revela todos sus efectos y menos sus estragos.

Nos tocó un mal presidente en un mal momento, pero sin duda todo el país, por el bien del país, debe ayudarle a superar la crisis. Ojalá el presidente deje la vanidad y la terquedad, y se disponga a aceptar lo que hoy es inevitable: un gobierno de unidad nacional que construya una mejor sociedad a partir del diálogo, la solidaridad y la inclusión.

El retiro de la reforma y la renuncia de Carrasquilla -quien actuaba en la práctica como enemigo de Duque- son un alivio y un paso necesario pero insuficiente para contrarrestar las actuales dificultades. Se requiere de espacio, tranquilidad e inteligencia para encontrar el rumbo en una concertación nacional.

El presidente debe saber que el gran reto de una reforma tributaria en este momento no está en dónde encontrar recursos -eso es muy fácil- sino en saber en dónde no es posible obtenerlos. Carrasquilla ignoraba esto tan sencillo.

Seguramente Duque ya se dio cuenta de que se gobierna con pinzas, con suma prudencia y no solo con el frío sentir de un tecnócrata con calculadora en mano, sumando allí y restando allá. Lo que diferencia a un gran líder político de un tecnócrata son el olfato y el sentido común.

El presidente Duque debe girar más hacia el centro, cambiar de amigos y aliados, pues los que ha tenido de poco o nada le han servido; por el contrario, en buena medida, lo han empujado al borde del precipicio. Ojalá Duque no dé otro paso en falso, pues ya no tiene más espacio para tentar a la suerte.

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