Por: Armando Montenegro

Sin rumbo

ES FÁCIL PERCIBIR QUE ESTÁ TERMInando la alegre fase expansiva de la economía, que se prolongó por casi cinco años, y que está comenzando otra diferente, sin que todavía se sepa bien hacia dónde va.

La recuperación, después de la crisis de principios de la década, fácil al comienzo era un simple rebote: se ganaba lo perdido en los años anteriores, se convirtió en 2005 en una dinámica expansión. Los logros fueron extraordinarios en materia de inversión y crecimiento. Hoy, sin embargo, los signos están cambiando.

Varios sectores claves están sufriendo una sensible desaceleración. Muchos empresarios están alarmados por los débiles registros de sus ventas y pedidos. Algunos dudan de la conveniencia de emprender nuevas inversiones. La euforia se convirtió en pocos meses en temor e incertidumbre.

El origen del boom fue externo. Colombia se benefició del mismo impulso que llevó a las economías de Venezuela, Argentina y Perú a crecer a tasas superiores al 7% anual. Ese impulso, sin embargo, se hubiera desaprovechado sin la confianza generada por la mayor seguridad: la reducción de los asesinatos, secuestros y otros delitos.

Los mismos eventos que trajeron el crecimiento, se lo están llevando. Los acontecimientos del exterior están desinflando la burbuja colombiana. Se han desalineado los astros rectores de la bonanza: la desaceleración de Estados Unidos, la revaluación del dólar, los altos precios del petróleo y la inflación importada están golpeando a muchos sectores. Los indicadores líderes muestran que lo mejor ya pasó. No hay recesión ni caída, pero, sin duda, estamos volando más bajo.

No existe una estrategia para enfrentar la situación. No hay políticas coherentes para combatir la revaluación, el problema fiscal y la inflación. Los contradictorios anuncios muestran claramente el interés mediático y la falta de coordinación de las autoridades. Ni el Conpes ni el Confis han producido directrices, serias y ponderadas, que le muestren al país que sus autoridades económicas están al frente de sus problemas.

El problema va más allá de lo macroeconómico. El país no tiene estrategias para enfrentar los graves problemas estructurales, antes ignorados en medio de la euforia. El problema de la revaluación, por ejemplo, sería infinitamente más llevadero si se hubieran adoptado a tiempo políticas efectivas para reducir los altos costos del transporte (por medio de una política ambiciosa de construcción de vías troncales de doble calzada por concesión) y si, como lo recordó hace poco en El Espectador el ex ministro Alberto Carrasquilla, se hubieran eliminado cinco o seis puntos de las cargas parafiscales que hoy gravan duramente la creación de empleo. Y si a lo anterior se hubiera sumado un ajuste importante en el déficit público, el país no estaría hoy lamentando la pérdida de empleos y exportaciones a causa de la apreciación del peso.

Y qué decir de otros problemas fundamentales. No hay directrices para encarar asuntos como la sustitución de fuentes de energía, los desafíos del calentamiento global (la política ambiental deja mucho que desear) y los problemas de desigualdad económica y social.

Salvo en materia de seguridad esa sí, sin duda, exitosa, el Gobierno no tiene políticas y orientaciones precisas para resolver los grandes problemas nacionales. Parece dedicado, en su conjunto, a defenderse de ataques al detal y a preparar, voto a voto, la próxima campaña electoral (sería mejor para la sociedad que le dedicara todas sus energías a resolver temas como los del transporte o la energía y no a responder las llamadas y las declaraciones de Yidis Medina). El sector privado, el Congreso y la prensa tienen la obligación de exigir a los gobernantes que se ocupen de lo que se deben ocupar.

 

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