Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Sin Uribe también se pudo

LA NOTICIA DEL ABATIMIENTO DEL Mono Jojoy, sanguinario guerrillero de las Farc, es magnífica, tanto en lo militar como en lo político, y abre espacios inesperados en todos los frentes.

En lo militar, sin duda es un éxito contundente de la Fuerza Pública, superior a todo lo logrado. Es la primera ocasión que, en territorio colombiano, cae en combate uno de los cabecillas del secretariado de las Farc. Raúl Reyes murió en el ruidoso asalto de Sucumbíos en el Ecuador que hoy es una novela judicial; mientras que Iván Ríos fue asesinado por fuego amigo con un balazo en la cabeza propinado mientras dormía. Lo del Mono Jojoy fue el operativo que por mucho tiempo anunciaron los militares, también el que los colombianos esperábamos de la seguridad democrática, que tanto nos cuesta.

Adicionalmente, la desaparición en combate del Mono Jojoy ha de tener consecuencias demoledoras en las Farc. El desparpajo, cinismo y arrojo de este delincuente lo habían convertido no sólo en una leyenda negra, sino en un acatado jefe de la insurgencia. Era el hombre de las órdenes duras, también el tropero tristemente célebre, de manera que su baja ha de tener descorazonados a muchos insensatos que acariciaban la quimera de imitarlo.

Los miles de secuestrados que padecieron el flagelo de la delincuencial privación de la libertad orquestada por Jojoy deben de sentir alivio, pero ojo, también quienes siguen cautivos en la selva, estarán temerosos de las represalias de una guerrilla que nunca entendió el mensaje de la sociedad que les tendió la mano generosa de una negociación. Ojalá el destino no depare un final trágico a quienes todavía son víctimas del secuestro.

Pero si lo militar ha sido exitoso, más todavía lo político. Que el Mono Jojoy haya caído en pleno reinado de Juan Manuel Santos, cuando ya se empezaban a oír las voces pesimistas por el fracaso de la seguridad democrática, políticamente sólo puede significar que no es verdad que Álvaro Uribe Vélez sea irreemplazable o el mesías que él y los suyos suponen. Quienes venían ambientando la tesis de que la seguridad democrática había entrado en una etapa de decaimiento, por cuenta del sospechoso atentado contra Caracol Radio de hace unos días, quedaron sin motivo para cuestionar a las fuerzas militares o para dudar de su sometimiento al nuevo Presidente, que pretenden acorralar de muy diversas maneras.

Los uribistas tendrán que reconocer que el operativo que concluyó con la muerte de Jojoy fue planeado y ejecutado exclusivamente por el nuevo gobierno. El hecho de que esto se hubiese logrado en la era post-Uribe confirma que las fuerzas militares actúan cualquiera sea el presidente, como tiene que ser, pues la seguridad no es propiedad de nadie, sino de todos, y a la Fuerza Pública le compete velar por su sostenimiento.

De paso quedaron sin piso las subliminales expresiones reeleccionistas —como las del Absolvedor Ordóñez y José Obdulio, entre otros uribistas—, quienes vienen proponiendo la declaratoria de conmoción interior y hasta la convocatoria de una constituyente, la última dizque para resolver los problemas de la justicia. Eso es otra trampa. Una asamblea constituyente no se ocuparía solamente de la justicia, sino de ajustar otra vez el “articulito” que sabemos, para garantizar el regreso del hombre providencial que nos gobernó durante ocho años de ‘Embrujo Totalitario’.

De manera, pues, que si las Farc le dan otro portazo a la paz y continúan con su locura de secuestrar, matar, narcotraficar, tarde o temprano caerán todos como en el dominó.

 

Adenda. Francamente sobraba la afirmación del Ministro de Defensa sobre la única baja de la Fuerza Pública en el operativo: la perrita “Sacha”.

 

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