Por: Arlene B. Tickner
Tensión entre Israel e Irán

¿Sólo el comienzo?

Uno de los interrogantes que plantea la intensificación de tensiones es hasta qué punto Moscú adoptará una posición más enfática en favor de Teherán o en qué medida seguirá buscando constreñir la influencia iraní.

Este fin de semana, en cuestión de pocas horas, Israel derribó un dron iraní que violó su espacio aéreo desde Siria, atacó el centro de comando y control correspondiente, perdió un jet F16 (por primera vez desde 1982), que fue impactado por la defensa antiaérea siria cuando volaba de regreso, realizó un bombardeo en retaliación a una docena de blancos militares iraníes y sirios, y luego de una conversación telefónica con Rusia, decidió (junto con Irán) poner fin a esta peligrosa escalada de tensiones.

Si bien Israel e Irán han estado en conflicto durante más de 30 años, el episodio —que no tiene precedentes— pone sobre la mesa la posibilidad real de que la confrontación directa entre ellos se intensifique. Si desde la perspectiva israelí es inadmisible que Irán y su proxy chiita, Hizbolá, se asienten en Siria, se acerquen a la zona ocupada de los altos de Golán y perfeccionen desde el territorio vecino su capacidad de ataque, para los iraníes también es inaceptable perder la inversión económica, política y militar hecha allí con miras a reforzar el apoyo a Hizbolá en el Líbano y contrarrestar la influencia de Israel y Arabia Saudita en la zona.

A su vez, y pese a que ninguno de los dos países parece querer una guerra, el juego de la gallina en el que ambos se ven involucrados distrae, en el caso israelí, del escándalo de corrupción que enfrenta Netanyahu y, en el iraní, de la protesta y movilización contra el desempleo, la corrupción y la desigualdad.

En el medio está Rusia, cuyo juego a varios bandos la ha posicionado como protagonista en el tablero estratégico de Oriente Medio. Ha liderado con Turquía la búsqueda de una salida negociada a la guerra civil siria, pese a apoyar lados distintos, cooperado con Irán con el objetivo compartido de mantener a Al Asad en el poder, sostenido una relación fluida con Israel al tiempo que éste ha combatido a su enemigo iraní, y apoyado los esfuerzos estadounidenses de combatir al Estado Islámico en la frontera con Irak.

Sin embargo, uno de los interrogantes que plantea la intensificación de tensiones entre Israel e Irán es hasta qué punto Moscú adoptará una posición más enfática en favor de Teherán o en qué medida seguirá buscando constreñir la influencia iraní.

Para Israel, el enfrentamiento con Irán conlleva tanto el riesgo de afectar la “neutralidad” de Rusia, como el de generar mayor distancia con Estados Unidos en el tema de Siria, en donde los intereses de los dos no están alineados más allá de su indiferencia actual sobre quién ocupa el poder en Damasco.

Mientras la prioridad de Jerusalén es impedir que Teherán obtenga una presencia permanente allí y una ruta directa de suministro de armas al Líbano, la de Washington es combatir al Estado Islámico, actividad que realiza en paralelo con Irán, al tiempo que amenaza a éste con sanciones.

El hecho de que la visita del secretario de Estado, Rex Tillerson, a Oriente Medio no contemple una parada en Jerusalén confirma precisamente que la atención estadounidense está en otro lado. Después de siete años de guerra(s) en Siria, esto puede ser tan sólo el comienzo.

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