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¿Somos capaces de reparar los errores?

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María Antonieta Solórzano
31 de enero de 2009 - 06:45 a. m.
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El destino de la vida personal, nacional y planetaria depende de la habilidad que desarrollemos para enfrentar los errores y reparar el daño.

Aunque es claro para la sabiduría popular que nadie nace aprendido, y para el conocimiento científico que el proceso de aprendizaje pasa por el error, el ritmo vertiginoso actual nos induce a vivir equivocados. Y, lo más grave, a considerar los resultados de lo que hacemos como situaciones colaterales o inexplicables.

Vemos cómo, por defender una creencia religiosa o política, matar mil o seis millones de personas es sólo una consecuencia lamentable pero necesaria. Seguimos viendo como líderes a aquellos que son capaces de someter a otras naciones; empresarios exitosos, los que logran sacar del mercado a otros; padres responsables, aquellos que doblegan el libre albedrío de sus hijos.

Ni ellos notan, ni nosotros declaramos en voz alta, que no hay ningún orden político o religioso que justifique asesinar, que las empresas que se quebraron sean una carga en la economía, que los pueblos sometidos sean los asesinos del mañana, que los hijos sin autonomía sean los tiranos del futuro y los idiotas útiles de los avivatos.

Al decidir las acciones no se tiene en cuenta el dolor que se genera. Sólo parecen importar los beneficios. ¿Cuándo vamos a aprender que el daño que se les hace a otros se devuelve para enseñarnos nuestra equivocación?

Nuestra cotidianidad no sólo nos priva de espacios de reflexión necesarios para aprender, sino que además nos fuerza a utilizar como único criterio para examinar lo que hacemos “la razón o las razones”. Y éstas son sólo cuentos lógicos o justificaciones.

Seremos capaces de corregir nuestros errores cuando hagamos una pausa y notemos que la familia y la sociedad son una red en la que los individuos somos nudos donde se entrecruzan los lazos. En consecuencia, cuando no hacemos nada para impedir que otros hagan daño o cuando no reparamos el que otros hacen, también vamos a sufrir los efectos.

Si asumimos que la acción y la omisión son como un búmeran, sabremos que el destino de nuestra familia y de la nación nos compromete a reparar las faltas de cualquiera, ya que el castigo individual podrá ser necesario, pero de ninguna manera suficiente como acción que garantice el aprendizaje y la reparación.

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