REVELAN UNAS RECIENTES ENCUEStas que la confianza en el presidente Uribe, y el grado de aprobación de su gestión, han vuelto a subir, hasta un inverosímil 80%. ¡Después de ocho años de gobierno! Junto con el entusiasmo por Uribe, ha crecido también el optimismo en el futuro del país.
El optimismo de la oposición, empero, posiblemente no esté ahora en su mejor momento. Frente a estos resultados, dos preguntas vienen espontáneamente a la cabeza. Primero, ¿con qué explicaciones contamos? Segundo, ¿cómo reaccionar frente a ellos? La primera tiene una contestación muy corta, pero no por eso menos sorprendente: ninguna razonable, al menos para los que evaluamos negativamente la gestión de Uribe (los que creen que el Presidente es un enviado del cielo simplemente ven corroborada su convicción). Yo, por mi parte, me reafirmo en mi creencia de que estos últimos dos gobiernos han significado en muchos terrenos críticos una catástrofe de proporciones, y de prolongadas implicaciones negativas para el país. También una catástrofe moral. Cuando un notorio avivato se atreve a afirmar que el episodio de los “falsos positivos” es una invención de la diplomacia guerrillera (lean la columna de Fernando Londoño en El Tiempo: grandilocuente y aburrida, como es de rigor, pero excepcionalmente infame), uno no puede dejar de acordarse de que ese tipo fue ministro del Interior, y que eso ha de tener consecuencias. Es apenas un botón de un amplio muestrario. El entorno de Uribe está muy deteriorado: no estoy hablando aquí de complots, o de hilar delgado, sino de una gran masa de datos públicos, fácilmente verificables. Pero todo esto hace que para mí sea tanto más interesante entender la aplastante popularidad de Uribe. Y de la misma manera que los resultados de las encuestas no pueden explicarse por las excelsas virtudes del caudillo, tampoco pueden descalificarse como puro resultado de la trampa o la represión. Antes de Uribe, todos los presidentes colombianos recientes tenían al cabo de unos pocos años el sol a las espaldas; y que yo recuerde ninguno de ellos era un angelito. De hecho, para ejercer la trampa y la represión el gobernante tiene que contar con la fidelidad de sus agentes, y eso en el contexto colombiano no se puede tomar por dado. No, no: hay algo más, que nuestra academia todavía no ha podido asimilar. Hay que buscar respuestas sistemáticas, con claridad mental y sin apasionamiento.
Independientemente de la forma que estas adquieran, es claro que alguna parte de la fortaleza del Gobierno está constituida por la debilidad de la oposición: un fenómeno que se ha observado en todos los países andinos que sufren caudillismos análogos al nuestro, y que sugieren que nos encontramos frente a grandes transformaciones, que reconfiguran la forma de hacer política, permitiendo que el primer innovador que acierte se quede con todos los premios durante un período relativamente prolongado. La oposición se encuentra frente a dos grandes retos: encontrar su unidad —sin la cual no constituirá un emprendimiento serio— y encontrar un lenguaje. En ambos ha ido avanzando, pero tiene muy poco tiempo y un enorme desafío que enfrentar. Toca perseverar —y correr—.