Sucesión en EE. UU. y singularidad actual

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Hay quienes dicen que la caída de Trump no es importante para Colombia porque Estados Unidos es el mismo Estados Unidos vapuleado por Bolívar cuando éramos chiquitos. Es decir, que Biden al fin y al cabo es otro presidente gringo con el mismo gorro feroz de Tío Sam usado por sus predecesores.

Añaden que los partidos Demócrata y Republicano son dos caras de la misma moneda imperial. Y que por tanto seguirán arrasando al planeta por los siglos de los siglos, igual que las religiones y sus deidades, amén.

Quienes así piensan no advierten la capa episcopal con que ofician como feligreses de la otra religión del siglo XX. Esta se expandió después de la Primera Guerra Mundial y atravesó con su dogma el siglo XX entero. Entre nosotros sobrevivió a manera de santo de palo, hasta la firma del trizado Acuerdo de Paz habanero.

Colapsó en sus cimientos cuando la vieja guerrilla ultramontana entregó a los hornos los fusiles y abjuró del coctel letal de política con balas. A pesar de este derrumbe estrepitoso, muchos intelectuales y antiguos militantes desarmados continúan hoy con sus cerebros intactos. Son los indiferentes al fracaso de Trump.

Siguen santiguándose ante el altar de la revolución violenta, y se acicalan con boinas ladeadas estilo Che Guevara. Así como nunca superaron en su intimidad la moral y rezos de la religión de dos mil años, siguen atornillados a una ciencia extenuada que no ve más arriba del dato económico y que dividió la vida en polos antagónicos.

La militancia los estancó en un pensamiento único que los descarriló del curso de la historia. Se parapetan en una conciencia altruista, buscan cambiar el mundo para favorecer a los desfavorecidos. Pero son ciegos a los campos de trabajo, al absolutismo de los jefes, a las hambrunas proletarias, a la melancolía generalizada que se instaló en los países donde triunfaron las revoluciones.

Su mundo se segregaba entre países imperialistas y masas insurreccionadas hasta la victoria o muerte. Por eso no ven matices ni procesos, desdeñan la cultura y las pequeñas libertades. Por eso les da lo mismo que domine Trump o que lo superen un aliado de nuestra paz agonizante y una mujer negruzca e india.

Las diferencias indiscutibles no los sacuden, no los hacen retroceder un milímetro en su catecismo de partido único. Tampoco les cambia su apreciación sobre un planeta moribundo que hoy respira un tris porque le quitaron la bota policial de la garganta. No se les mueve un pelo al considerar que las mujeres cesarán de ser palpadas en sus partes entre risas.

De este modo, el pensamiento dogmático es animal muerto y atravesado en la ruta de una humanidad que ha reventado las viejas seguridades. El amor, el género, el sexo, el arte, la ciencia, los deseos vitales, la propulsión juvenil, el poderío de los negros, el torrente de las mujeres, el remedio de las plantas selváticas, esas alteraciones y muchas más, son ejes transversales de la singularidad actual.

Trump era una cerrazón universal. Biden introduce un ademán en sesgo.

arturoguerreror@gmail.com

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