Tanteando los extremos

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El encrespamiento de la política, aquí y en el mundo, facilita la identificación de los bandos. En primer lugar la derecha se descaró, dejó ver su cara agria, despejó las dudas de los ingenuos y de los ignorantes. Cosa distinta es que los seguidores ciegos se empecinen en manejarse por sentimientos.

Los líderes de derecha se desataron, tal vez con la entrada del milenio. Consumaron la captura de las ramas del poder, les dan puesto a sus compañeros de pupitre escolar como relleno de cuanta vacante se presente en las cortes e institutos de control. Pavimentan la vía para su absolución en esta vida y la otra.

Sus hijos se convirtieron desde la adolescencia en propietarios instantáneos y próximos delfines, como en épocas perfumadas de tronos y cortes. Adquirieron los medios de comunicación tradicionales, por interpuestas personas empresariales. Fundaron oficinas de controladores de redes sociales.

Los poderosos de toda la vida, sumados a los recién llegados de mano de los polvos mágicos, cumplieron lo prometido. Hacen trizas las trizas, cambian las palabras del diccionario, donde había desplazados pronuncian turistas. Los falsos positivos los visten de cogedores de café.

En el Congreso amarraron a su favor y con cinchas de arriero la media docena de partidos políticos con nombres decimonónicos o no hace mucho catalogados en letras como la U. Miraron hacia el polo del norte, le apostaron a la reelección náufraga de un presidente estrambótico que en cuatro años solo logró emitir torpezas.

El primer extremo de la polarización, pues, se dejó contar. No ocurre así con el extremo opuesto. Mientras a la hora del poder la derecha es maciza y monolítica, como la Esfinge de Guiza, la izquierda se atomiza en movimientos e incluso en individuos volátiles.

Así que para delinear su mapa filosófico haya que referirse más a propuestas e ideales, y menos a ejecutorias históricas. Justicia social y equidad serían trazos clave. Se agrega el listado de los derechos humanos. Hoy se imponen los reclamos de mujeres, jóvenes, afros, aborígenes, LGBTI, animalistas, ambientalistas. Y causas como regulación de las drogas, aborto, conversión a energías renovables, eutanasia.

Es un agregado de perspectivas difíciles de encontrar en cada una de las islas del archipiélago zurdo. Los oradores de izquierda suelen ser imbatibles cuando denuncian las tropelías de la derecha. Pero sus adalides asoman ganas francas de prolongar sus eventuales triunfos, a lo largo de períodos presidenciales sin cuenta. Para lograrlo acostumbran forrarse de engreimiento, despotismo y mesianismo.

Las órdenes de “¡Exprópiese!” emitidas sobre la propiedad privada, la persecución a la prensa que investiga, el encarcelamiento de opositores y el apetito por los tesoros del poder son herencias internacionales funestas. Es que las veces en que la izquierda ha sido mandataria ha resultado inquietantemente parecida en sus vicios a lo peor de la derecha.

Por eso el pueblo está con el Chapulín: “¿Ahora, quien podrá defendernos?”.

arturoguerreror@gmail.com

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