Por: Gonzalo Hernández

Tecnología, mercados y regulación

Aunque no es la primera vez que el mundo experimenta la aparición de nuevas tecnologías, que sacuden y transforman la cultura y las instituciones, la velocidad a la que se globalizan parece ser más alta que nunca antes. Pueden alterar ahora las formas de comunicación de miles de millones de humanos en periodos relativamente cortos de tiempo (¿“conversar, un arte en extinción”?) y cambian rápidamente los mercados y sus reglas de juego.

En relación con este último aspecto, la velocidad de difusión de las innovaciones deja a la regulación siempre un paso atrás. Pasa con Uber, Rappi y las criptomonedas (bitcoins). Los gobiernos tardan en definir si los nuevos mercados y transacciones, producto de los cambios tecnológicos, responden al orden legal, a las condiciones de competencia libre y justa y a las condiciones de seguridad. A esto se suman las dudas sobre si en los nuevos mercados se atiende debidamente el rol de los trabajadores (colaboradores). La incertidumbre prevalece. En el caso de las criptomonedas, los retos para la regulación se extienden incluso a áreas de gran sensibilidad: evasión de impuestos, uso criminal de las innovaciones y riesgos de inestabilidad financiera.

Si la regulación de las nuevas tecnologías se queda corta y va lenta como una tortuga, mejor, dicen por ahí. Al fin y al cabo, el Estado no hace más que amarrar la capacidad que tienen los mercados de mejorar el bienestar de la sociedad –laissez faire, laissez passer!–. No se dan cuenta, sin embargo, de que la regulación permite muchas veces que los mercados existan. No habría, por ejemplo, un mercado sólido de transporte aéreo sin agencias que verifican el cumplimiento de las normas de seguridad por parte de las aerolíneas, o sin un aparato judicial que castiga, con multas, sanciones y cárcel, a los corruptos que están dispuestos a poner en riesgo la vida de los viajeros mientras tengan garantizadas sus ganancias personales. La gente sigue volando, a pesar de algunos accidentes, porque confía en que la regulación le ayuda al mercado a acotar las ambiciones irresponsables de algunos y la incompetencia de otros –no es solo porque las acciones de Boeing o Airbus caen cuando los accidentes ocurren–.

Ante la abrumadora y rápida revolución tecnológica actual, los ciudadanos y los reguladores tienen la tentación de rendirse y dejar que en la calle se defina la supervivencia de las innovaciones tecnológicas y de los nuevos mercados que generan. No obstante, así como estas innovaciones le sirven a la sociedad pueden lastimarla, ahora con un impacto mucho más amplio y profundo. Vale la pena, entonces, destacar más la importancia del papel de la política regulatoria como línea de la política económica. Y vale la pena destacar, a diferencia de lo que piensan los fundamentalistas del mercado, que para defender la legitimidad de los mercados se necesita muchas veces de regulación. Pierde la sociedad con mercados a paso de liebre y regulación a paso de tortuga.

* Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/).

 

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