Por: Daniel García-Peña

Tiroteos en EE. UU. y Colombia

Las masacres en los colegios en EE. UU. se han vuelto tan recurrentes que parecen una serie de Netflix. Las historias son diferentes y los personajes y lugares cambian, pero la trama y la tragedia son las mismas. Según la CNN, en lo que va de este año, que apenas se inicia, ya van 5 tiroteos escolares con muertos o heridos. El Washington Post calcula que más de 150.000 estudiantes en 170 colegios de primaria o secundaria han experimentado un tiroteo en sus escuelas en EE. UU. desde la masacre de Columbine en 1999.

La más reciente, en Parkland, Florida, tiene características especiales. No es usual que el asesino sea capturado con vida, haya confesado y esté colaborando con las autoridades. Pese a tener solo 19 años de edad, rara vez se había visto un homicida que había dejado tantas señales de peligrosidad y sin embargo pudo comprar un arma automática (la AR-15, que cuesta 500 dólares) legalmente. Pero quizá lo más significativo es que esta vez, la reacción, más que en otras ocasiones, ha sido mucho más vocal. Ha habido protestas por parte de la comunidad afectada, así como en otras partes del país, a favor del control de armas y en contra del presidente Trump y la NRA (Asociación Nacional del Rifle), que agremia a los productores de armas.

Trump culpó lo sucedido a problemas de “salud mental”, evitando mención del tema de las armas, mostrándose más preocupado por la seguridad de los poseedores de armas, que hacen parte clave de su base, que la de los estudiantes.

El porte de armas no es cualquier cosa en EE. UU.: constituye un derecho constitucional, lo cual, allá, equivale a un derecho sagrado. La segunda enmienda de la Constitución, adoptada por la nación recién independizada, así lo consagra, para garantizar que el gobierno no pueda decomisar las armas de los ciudadanos, como lo habían hecho los británicos a finales de época colonial.

Hoy, el derecho a portar armas en EE. UU. está profundamente atravesado por la polarización política, social y cultural. La NRA, con sus dineros e influencia, alimenta el fanatismo. Tras la masacre, varios plantearon que el problema no era la falta de control de armas sino la falta de armas: si los estudiantes y profesores hubieran estado armados, argumentan que hubieran podido dar de baja al asesino. ¡Increíble!

“Las armas no matan, son las personas quienes matan” dicen los defensores de las armas en EE. UU. y, en eso, tienen algo de razón. La abundancia de armas, de por sí, no necesariamente significa altas tasas de homicidios. Por ejemplo, en Suiza, donde uno de cada cuatro hogares tiene un arma, los niveles más elevados de Europa, la tasa de homicidios es de tan solo 0,7% por cada cien mil habitantes, de las más bajas en el mundo. Para que las armas se vuelvan letales, se requieren personas dispuestas a utilizarlas.

Lo grave es que EE. UU. tiene las dos cosas: muchas armas y muchas personas dispuestas a utilizarlas.

Es, de lejos, el país que más armas tiene en el mundo. Según GunPolicy.org, en EE. UU. hay 101 armas por cada cien personas, es decir, más armas que personas. Serbia, que es el segundo, tiene 58.2 armas por cada cien personas. Pero además hay una inmensa cultura de masas en EE. UU., en el cine y la televisión, en la música y en los videojuegos, que promueve el uso excesivo e indiscriminado de las armas.

Desde Colombia, toda esta película puede parecernos lejana. Como seguimos tratando de resolver nuestro conflicto armado interno, por mucho que se hable de post conflicto, el control de armas no es asunto del debate público.

Sin embargo, si bien la tasa de homicidios en Colombia en 2017 fue la más baja desde hace 30 años (22 por cada cien mil habitantes), sigue siendo más de cuatro veces superior a la de Estados Unidos (5,1 por cada cien mil habitantes), que a su vez es la más alta del mundo desarrollado.

En lo que va de este año, que apenas se inicia, ha habido más líderes sociales asesinados en Colombia que los muertos en los tiroteos escolares en USA. Los asesinatos, selectivos y sistemáticos, son perpetuados por quienes quieren detener la restitución de tierras, muchas veces desde el poder. Los índices elevados de homicidios en nuestro país, así como en toda nuestra América Latina, seguramente tienen mucho más que ver con la inoperancia del aparato estatal de justicia, así como los altos niveles de desigualdad y pobreza, que con la falta o no de leyes de control de armas.

De hecho, Colombia tiene, en papel, un régimen legal relativamente estricto acerca de la producción y tenencia de armas. Además, el país tiene tan solo 5,9 armas por cada cien personas, según GunPolicy.org, un bajo número 88 en el ranking mundial.

Pero en la práctica, la realidad de las armas en nuestro país es mucho más compleja. Si bien el control de armas no es la solución mágica, sí es un factor clave que amerita al menos un debate público serio.

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